Tomás Sánchez: El peso de una isla

Tomás Sánchez: El peso de una isla

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Abel FL Berriz

I still remember the impression that caused me the first piece of Tomás Sánchez that I saw in my life. I was a teenager looking for revelations. The table, “Relationship between the lagoon, the island and the cloud”. Three planes: the one of the earth, with an ovoid space of water to the center; The air, with a levitating island; The one in the sky, with a cloud. Water, island and cloud took place, each rising above the other, occupying a space of identical proportions in the canvas. The island is always in the center, weightless.

If one analyzes the work of Thomas, this Cuban born in 1948, in the center of the country, finds what seems to be a journey back and forth inside the spirit. What, to the uncultured eye, might suggest a representation of the world, rather it is an immersion into the inner landscape of the human soul. Thomas makes the pilgrimage that few have dared to do, facing their own fears, their own passions, their own iniquity, and then emerges, unscathed, such a cultural hero. Like Triptolemo. Like Orpheus.

Everything started at the age of sixteen, when he left the rural environment of Aguada de Pasajeros, the former province of Las Villas, now Cienfuegos. Then, in love with painting, he went to Havana to study at the prestigious Academy of San Alejandro. But soon the academy was insufficient. After the first clashes with authority and schematism, he decided to seek a more propitious environment, and in 1966 enrolled in the newly founded Escuela Nacional de Arte de Cubanacán. Here she experienced the freedom of a learning more in line with artistic creativity, and, under the tutelage of Antonia Eiriz, approached the expressionism that would mark her first period. In the ENA, it was also that first embedded, from the hand of professors like Felix Beltrán and Sergio Benvenuto, the foundations of the design and the approach to the structural analyzes that would later manifest in his compositions.

In 1971, the year of his graduation at ENA, he won the First Prize of Engraving of the National Salon for Young Artists, the first of a career in the background, not without other successes. After graduation, he decided to remain in the School as professor and head of the Chair of Engraving. Still occupying this place, in 1975 was deserved the First Prize in Painting and the First Prize in Lithograph of the III National Salon of Professors and Instructors of Plastic Arts in Havana. The following year, he again clashed with the institutional schematics of the time, which accused him of misanthropy and of being little committed to the construction of the “new man.” The cultural bureaucracy was incapable of seeing in its grotesque figures anything other than a destructive critique of the human being, when in reality it was an exercise of liberation of man, to strip him of his masks. His practice of meditation and yoga, which he held at that time, was also seen by the flat leader of the cultural sector, guilty of so many purges that stained the decade gray. Sánchez had to leave his position as a teacher, and his work was doomed to the stake in one of the most horrifying acts of aberration since the burning of books in Germany in 1933.

Between 1976 and 1978, a somewhat obscure years in his career, he worked as a stage designer and puppet designer for the Puppet Workshop of the Theater Directorate of the Ministry of Culture and the Puppet Group of UNESCO. The grotesque figures of his earliest epoch, perhaps by force of travesty in dolls, were disappearing from the scene. Sanchez then leaned more towards the landscape, the theme by which, finally, would be better known.

The year 1980 marked a turning point in his life and in his work. With the drawing From the white waters obtained the International Prize of Drawing Joan Miró, in his XIXª edition. The following year, he held an individual exhibition at the Joan Miró Foundation, Center de l’Estudis d’Art Contemporani, in Barcelona, ​​Spain. He started his take off as an international artist, which would lead him to be one of the most sought after Cuban painters in the world.

The decade that opened was promising. In the country, art flourished in the corners, like seeds hidden in the mud of the previous decade. Sánchez, along with some painters of his generation and others younger -Flavio Garciandía, Rogelio López Marín, Ricardo Rodríguez Brey, Gustavo Pérez Monzón and José Bedia were some names of that list-, was part of the exhibition Volume I. This group of Artists, agglomerated in the so-called “generation of the eighties,” would mark the course and rhythm of Cuban art in those years.

The economic prosperity of the time was translated into cultural buoyantism. And, for Sánchez, it translated in the recognition that for a time was denied to him in the country. In 1984, he won the National Painting Prize at the 1st Havana Biennial; In 1986, the Medal of the V Biennial of American Graphic Art, in Cali, Colombia; And, the following year, the Mention of Honor

 

Español

Abel FL Berriz

Aún recuerdo la impresión que me causara la primera pieza de Tomás Sánchez que vi en mi vida. Yo era un adolescente en busca de revelaciones. El cuadro, “Relación entre la laguna, la isla y la nube”. Tres planos: el de la tierra, con un espacio ovoide de agua al centro; el del aire, con una isla levitante; el del cielo, con una nube. Agua, isla y nube se sucedían, cada una elevándose sobre la otra, ocupando un espacio de idénticas proporciones en el lienzo. La isla siempre al centro, ingrávida.

Si uno analiza la obra de Tomás, este cubano nacido en 1948, en el centro del país, encuentra lo que pareciera ser un viaje de ida y vuelta al interior del espíritu. Lo que, al ojo inculto, pudiera sugerir una representación del mundo, más bien resulta una inmersión al paisaje interior del alma humana. Tomás hace el peregrinaje que pocos se han atrevido a hacer, enfrentándose a sus propios miedos, sus propias pasiones, su propia iniquidad, y emerge luego, incólume, tal que un héroe cultural. Como Triptolemo. Como Orfeo.

Todo comenzó a los dieciséis años, cuando dejó el entorno rural de Aguada de Pasajeros, antigua provincia de Las Villas, hoy Cienfuegos. Entonces, enamorado de la pintura, se fue hasta La Habana para estudiar en la prestigiosa academia de San Alejandro. Pero pronto la academia fue insuficiente. Tras los primeros choques con la autoridad y el esquematismo, decidió irse a buscar un ambiente más propicio, y en 1966 matriculó en la recién fundada Escuela Nacional de Arte de Cubanacán. Aquí experimentó la libertad de un aprendizaje más acorde con la creatividad artística, y, bajo la tutela de Antonia Eiriz, se acercó al expresionismo que marcaría su primera época. En la ENA, además, fue que primero embebió, de la mano de profesores como Félix Beltrán y Sergio Benvenuto, los fundamentos del diseño y la aproximación a los análisis estructurales que se manifestarían luego en sus composiciones.

En 1971, el año de su graduación en la ENA, obtuvo el Primer Premio de Grabado del Salón Nacional para Artistas Jóvenes, el primero de una carrera de fondo, no exenta de otros éxitos. Tras graduarse, decidió permanecer en la Escuela como profesor y jefe de la Cátedra de Grabado. Aún ocupando esta plaza, en 1975 fue merecedor del Primer Premio en Pintura y el Primer Premio en Litografía del III Salón Nacional de Profesores e Instructores de Artes Plásticas en La Habana. Al año siguiente, volvió a chocar con el esquematismo institucional de la época, que lo acusaba de misantropía y de estar poco comprometido con la construcción del “hombre nuevo”. La burocracia cultural era incapaz de ver en sus figuras grotescas otra cosa que una crítica destructiva del ser humano, cuando en realidad se trataba de un ejercicio de liberación del hombre, para desnudarlo de sus máscaras. Su práctica de meditación y yoga, que sostenía ya en aquella época, era también mal vista por la plana dirigente del sector cultural, culpable de tantas purgas que mancharon de gris la década. Sánchez tuvo que abandonar su puesto como profesor, y su obra fue condenada a la hoguera en uno de los actos de aberración más espeluznantes desde la quema de libros en la Alemania de 1933.

Entre 1976 y 1978, años un tanto oscuros en su carrera, fungió como diseñador escenográfico y de marionetas para el Taller de Muñecos de la Dirección de Teatro del Ministerio de Cultura y el Grupo de Marionetas de la UNESCO. Las figuras grotescas de su primera época, quizá a fuerza de travestirse en muñecos, fueron desapareciendo de la escena. Sánchez se inclinó entonces más hacia el paisaje, temática por la que, finalmente, sería más conocido.

El año de 1980 marcó un punto de giro en su vida y en su obra. Con el dibujo Desde las aguas blancas obtuvo el Premio Internacional de Dibujo Joan Miró, en su XIXª edición. Al año siguiente, realizó una exhibición individual en la Fundación Joan Miró, del Centre de’Estudis d’Art Contemporani, en Barcelona, España. Comenzó aquí su despegue como artista internacional, que lo llevaría a ser uno de los pintores cubanos más cotizados a nivel mundial.

La década que se abría fue promisoria. En el país, el arte florecía en los rincones, como semillas escondidas en el fango de la década anterior. Sánchez, junto a algunos pintores de su generación y a otros más jóvenes -Flavio Garciandía, Rogelio López Marín, Ricardo Rodríguez Brey, Gustavo Pérez Monzón y José Bedia fueron algunos nombres de esa lista-, formó parte de la exposición Volumen I. Este grupo de artistas, aglomerados en la llamada “generación de los ochenta”, marcarían el rumbo y el ritmo de la plástica cubana en esos años.

La prosperidad económica de la época se traducía en buoyantismo cultural. Y, para Sánchez, se tradujo en el reconocimiento que por un tiempo le fuera negado en el país. En 1984, obtuvo el Premio Nacional de Pintura en la Iª Bienal de La Habana; en 1986, la Medalla de la V Bienal de Arte Gráfico Americano, en Cali, Colombia; y, al año siguiente, la Mención de Honor en la Iª Bienal Internacional de Pintura, en Cuenca, Ecuador.

Hacia el fin de la década, sin embargo, un nuevo sino vendría a marcar negativamente el quehacer artístico de la isla. La precariedad económica que conllevó la desaparición del Bloque del Este y de la URSS, ya en los años de 1990, traía aparejada una reducción drástica del florecimiento cultural de la década anterior, y también un recrudecimiento del burocratismo y de la intolerancia institucional. Por desavenencias con ciertos ejecutivos del Ministerio de Cultura, Sánchez decidió emigrar. Desde entonces, ha estado viviendo aquí y allá, entre Miami y Costa Rica, y exponiendo en más de treinta países, entre los que cabe mencionar a México, Estados Unidos, Japón, Italia y Francia.

Pero, no importa donde se halle, la obra de Tomás Sánchez lleva a cuestas el peso de una isla. Desde sus primeros aquelarres populares, marcados por lo grotesco de las formas, la mueca humana, el trazo violento, hasta la languidez y el misticismo de sus paisajes más recientes, hay un hálito inconfundible en sus pinceladas que recuerda siempre a Cuba. Sus obras tempranas, como “Crucifixión”, “El circo” o “Levitación”, han sido comparadas con los carnavales del absurdo de un Brueghel o un Bosco, pero también pueden verse como una versión tropical de Chagall o de Ensor, inmerso en el alma del pueblo, retratista de su esencia, sus alegrías y sus tristezas. La tensa quietud de lienzos más recientes, como “Perder el paraíso” o “La indecisión”, o el éxtasis místico de “La garza y el meditador” o “La espera”, más en la línea de un Caspar David Friedrich o de un Frederic Edwin Church, también, de modo inevitable, tienen en su frondosidad y en su paleta un manifiesto aire insular, que Sánchez nunca niega, a pesar de trascender fronteras geográficas y culturales.

Porque, a fin de cuentas, ese viaje iniciático que Tomás Sánchez realiza cada vez que se sumerge en un lienzo, en una cartulina o en papel fotográfico, es un viaje a la raíz del universo, pero del universo que es él mismo, como persona y como cubano. Y, para todo aquel que lleve en su sangre aunque sea unas pocas gotas de Cuba, en el centro de esa raíz flota una isla, sobre un lago azul, bajo una nube blanca.

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