Su Señoría, la conga santiaguera

Su Señoría, la conga santiaguera

La riqueza rítmica que contagia, la “descarada” expresión de lo auténtico y ese sentido de pertenencia tan visceral pueden identificar perfectamente a esta manifestación de lo cubano.

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Francia desde el Tivolí

Francia desde el Tivolí

Los santiagueros nos sentimos más cubanos al sabernos franceses y haitianos por muchas partes. Esos ingredientes étnicos son esenciales en nuestra cultura y nuestra identidad. Como lo son, también, el africano y el español. Y otros más, no crea que los olvido.

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Enrique Bonne. Le excelencia de la música popular cubana.

Enrique Bonne. Le excelencia de la música popular cubana.

Leticia Rodríguez

Es un eminente cronista, un músico innato, un ser humano especial. Se llama: Enrique Bonne Castillo.

Nació en 1926, en San Luis, al norte de Santiago de Cuba. En el pedazo de tierra fértil que le dio el derecho de nacer a un grande como Félix Benjamín Caignet, el padre de la radionovela. Allí, la vida también les dio la bienvenida a renombradas figuras del son. Ibrahim Ferrer, estrella del Buena Vista Social Club; Félix Valera, el padre de La Familia Valera Miranda y el internacional Cándido Fabré son ejemplos que permiten afirmar que “si el Son tiene un escondite no queda duda alguna que es en San Luis”. (Slogan que presenta el sitio Soneros de San Luis, Santiago de Cuba)

Y desde San Luis…a Santiago, a Cuba, al mundo. La música de Bonne ha llegado al pueblo a través de guarachas, sones, danzones, boleros, canciones, chachachás, danzas, valses…La cadencia divina y el repicar de los cueros convirtieron a sus Tambores de Oriente, desde 1961, en una auténtica autoridad dentro de las orquestas cubanas. Le sacó música al pilón y registró su inmortal ritmo.

Más de dos centenares de composiciones llevan la firma de Enrique Bonne. Hoy celebro el Premio Nacional de Música 2016 que se le ha entregado al maestro santiaguero. Al emblemático compositor de Italian Boy, No quiero piedra en mi camino, Manigueta, Manigueta, Se tambalea, A cualquiera se le muere un tío, Billy the kid, Yo no me la robé, vigilante y Usted volverá a pasar.

El máximo galardón del Instituto Cubano de la Música llegó ahora. Pero, el premio del pueblo le fue otorgado al querido y respetado artista desde su primera entrega de amor incondicional al arte y a su público. Desde aquel 1950 cuando irrumpió con su talento en el pentagrama musical de la isla.

Me sumo a los aplausos, al cariño y agradecimiento que mis coterráneos han expresado por la invaluable entrega, profesional y espiritual, del estimado Bonne; a quien deberíamos premiar por mucho más.

Por mi parte, me quedo con su sonrisa y con sus ojitos pícaros. Con la sapiencia y lucidez de sus palabras, con el dulce sabor de sus recuerdos del Tele Rebelde que ayudó a fundar, de los carnavales que no le pueden faltar. Me quedo con la imagen de su mano entrelazada con la de su hermosa Juana Elba, con la huella de sus pasos por la mítica calle Heredia y con el privilegio de haberle entrevistado en muchas ocasiones y de disfrutar su compañía en las fiestas de Chilín.

Me quedo con su humildad, con su llaneza. Con la brisa fresca que provoca su penca cuando dirige sus tambores. Con la fortaleza del artista que a sus 90 años todavía dice Que no se apague la vela, porque seguirá aportando a la cultura cubana.

Maestro, amigo, disfrute su Premio Nacional de Música. Gócelo con la misma alegría y sabrosura que emanan de sus creaciones; que ahora sí no importa que le digan feo. Ojalá la vida me permita visitarle una vez más en su cálido hogar de calle D, para darle otro abrazo y hacerle una invitación a su manera: Dame la mano y caminemos por las calles de nuestra amada Santiago.

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Santiago, la alegría de contar con Vista Alegre

Santiago, la alegría de contar con Vista Alegre

Leticia Rodríguez

¡Cuántas zonas de Miami me recuerdan al reparto más distinguido, espacioso, tranquilo y especial de mi amada Santiago de Cuba! El evocar el elegantísimo barrio, me invita a escribir sobre él; por amor a mi ciudad y a su historia.

En los terrenos de la Finca Arroyo Hondo, dadas las exigencias de los tiempos modernos y alejado de la densidad del centro histórico, comenzó a urbanizarse -en 1907- una nueva zona. En un sitio favorecido por el clima y por el verdor de la naturaleza nació el núcleo urbano más elegante de la caribeña ciudad. Sus actores, en el escenario arquitectónico, fueron relevantes proyectistas y compañías constructoras y urbanizadoras.

En este tema -en cuestiones cronológicas- en toda Cuba, primero: El Vedado, en La Habana. Luego, en Santiago, Vista Alegre.

Ese es el nombre del reparto donde se puso de manifiesto el modo de vida de la clase adinerada. Aunque en sus primeros años, las pocas viviendas que en él se construyeron eran de madera y no precisamente de gente acaudalada.

Fue a partir de 1910 que la selecta élite santiaguera comenzó a adueñarse, paulatinamente, de aquel espacio exclusivo y se levantaron casas de estilos neoclásico, ecléctico, art nouveau, mudéjar, neogótico y neo renacentista.

Se acentuaba, de esta manera, la notoriedad de un espacio urbano con una imagen uniforme y una identidad muy propia; con residencias que en los cuarenta acogieron los códigos del art-decó, el monumental moderno, el neocolonial con sus variantes y el protorracionalismo. Además de los patrones del movimiento moderno, a finales de la década.

Vista Alegre continuó creciendo. El barrio se amplió y surgieron: Terrazas de Vista Alegre y Rajayoga. En los cincuenta ya se había sumado al hábitat burgués la llamada clase media. En los nuevos inmuebles del refinado barrio se ven consolidadas las características técnicas, formales, funcionales y constructivas del Movimiento Moderno, las que permitieron conferir mejor confort a cada uno de los ambientes.

Me queda imaginarme que voy montada en el tranvía que, desde 1908, llegaba hasta el centro del exquisito reparto, después de recorrer las calles principales del centro urbano. Voy en el tranvía hacia el este de Santiago, hacia la ciudad jardín.

Vista Alegre es el museo de la arquitectura en Santiago de Cuba. Al caminar por la Avenida Manduley (antes Avenida de la República), al entrar por la carretera de El Caney o por la Avenida Raúl Pujols (la carretera de San Juan), para desandar sus amplias calles, puedo apreciar todos los estilos arquitectónicos que convivieron en la ciudad en la época republicana. Un contubernio perfecto con el lucimiento de los espacios públicos.

Tengo que admirar las fachadas retiradas, los parterres con sus árboles y la sensación de amplitud y de intimidad que proporciona la separación entre los inmuebles. Enormes casas, chalets, palacios; en los que queda la estela de las familias acaudaladas de la época, como: los Bacardí, los Bosch, los Mestre…Propiedades que guardan, también, un grito ahogado en las paredes. El de quienes se vieron obligados a marchar y dejar detrás un pedazo de vida en Vista Alegre.

Y, ahí está el barrio, mostrando aún la excelente calidad en la construcción de los proyectos, la vasta pluralidad formal y la creatividad de los profesionales encargados de levantar esta porción del patrimonio material santiaguero -en muchos casos con la utilización de elementos locales.

Vista Alegre es esa porción de tierra ideal para rememorar una época pasada en el tiempo, pero reinante en la memoria y en la historia del Santiago que muchos…no conocimos.

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Un recuerdo del Coliseo Santiaguero

Leticia Rodríguez

Una efímera vida tuvo el primer inmueble habilitado como teatro en Santiago de Cuba. Los responsables de dotar a la otrora villa de esta expresión de refinamiento y de cultura fueron los emigrados franceses quienes -desde finales del siglo XVIII, junto a su servidumbre de procedencia haitiana- poblaron e imprimieron su sello a una barriada de la ciudad, marcada por una gran singularidad. Al ajiaco criollo se sumaron el modo de vida, las costumbres y las tradiciones de quienes llegaron huyendo de la Revolución de Saint Domingue. Así se abrieron las puertas del Le Tivoli; lugar donde se materializaron las representaciones teatrales de la época. El teatro de la popular barriada (la que adoptó ese mismo nombre, pero “santiaguerizado”: El Tivolí) al decir de la licenciada Lidia Sánchez Fujishiro, en: El Coliseo, primer teatro santiaguero (1822-1846), en 1812 ya no existía.

Es interesante destacar que con anterioridad a la llegada de los inmigrantes franco haitianos a la caribeña Santiago, en tiempos el Marqués de Casa Cagigal, la ciudad contaba (desde 1765) con representaciones teatrales en la Plaza de Armas, auspiciadas por quien fuera el Gobernador de Santiago de Cuba. En el libro: El primer teatro de La Habana. El Coliseo (1775-1793), perteneciente a Ediciones Idea, de Manuel Hernández González, se lee al respecto.

En dicho texto se cita al historiador Pozuela, quien hace referencia a la falta de localidad en la capital cubana para las presentaciones de piezas teatrales españolas. Y haciendo una especie de comparación con Santiago dice: “El pueblo de Santiago en este punto más favorecido en tiempo de Casa Cagigal había presenciado funciones teatrales en un almacén habilitado para coliseo”. No obstante, en 1775 se construye el Coliseo, el primer teatro de La Habana; primero en el tiempo que el de Santiago de Cuba.

Los investigadores ofrecen distintas fechas respecto a la inauguración del Coliseo santiaguero. En su caso, Sánchez Fujishiro habla de diciembre de 1822.

En la década de los veinte de la decimonónica centuria, según se recoge en: Cuba. Cronología: cinco siglos de historia, política y cultura, del historiador cubano Leopoldo Fornés- Bonavía, el 17 de diciembre de 1823 se inaugura en Santiago de Cuba el Teatro Coliseo o de la Marina.

Por su parte, la doctora María Elena López Melgar, en su trabajo: Louis François Delmés: El cartógrafo francés de Santiago de Cuba, hace alusión a uno de los emblemas urbanos de la Jurisdicción Cuba, perteneciente al Departamento Oriental: “El Coliseo, el primer espacio fijo teatral de la ciudad, inaugurado en enero de 1823, que retoma lo iniciado por los emigrantes franceses en 1803…”.

De forma más detallada, la investigadora, en otro de sus títulos: Afirmación de la función portuaria de Santiago de Cuba: el barrio de la Marina (1800-1860) hace referencia a la construcción del Coliseo, dada la necesidad creciente de los santiagueros de elevar su cultura e ilustración. En sus notas a pie de página se lee que fue este “el único teatro construido en la isla que se edificó fuera de la zona central de la ciudad”. Se erigió cerca de la costa, justo en la esquina formada por las calles Barracones, Cuba y Marina. Orozco Melgar reafirma:

La construcción del Coliseo fue un hecho cultural trascendental en la historia cultural de Santiago de Cuba; para el barrio de la Marina, representó un hito en la posible ampliación de su espectro funcional, al añadir valores referenciales, culturales y recreativos puntuales, a los comerciales ya característicos del área.

El que era conocido como Teatro de la Marina, por el nombre de la resonada calle donde se ubicó, se construyó de madera y resultó un infortunado inmueble desde el punto de vista estético. Sánchez Fujishiro lo describe: “sin vuelo arquitectónico”. Todo lo cual fue resultado de la mala ubicación de la edificación cuya estructura, en el interior, se realizó de acuerdo a la de los teatros de la época: “…palcos, tertulia, cazuela y cantina, delimitándose escrupulosamente la estratificación de la sociedad santiaguera”. Una descripción que hicieran, en En torno a la vida teatral en Santiago de Cuba 1800-1840, las dos investigadoras santiagueras mencionadas y que Orozco Melgar anota en Afirmación de la función… 

Al desafortunado emplazamiento, en la zona limítrofe del puerto santiaguero, se sumó la falta de cuidado. Hechos que conllevaron a cerrar la edificación para una reparación capital en 1838, para reabrir sus telones al año siguiente. Fecha en que Santiago recibe a la primera compañía italiana de ópera.

Al Coliseo de Santiago de Cuba no le quedaba mucho por vivir. Amén de los reclamos de los defensores de la cultura en la ciudad y de las reparaciones realizadas, su techumbre en 1840 mostraba grandes signos de deterioro. Como expresa Lidia Sánchez Fujishiro: “obligaba a presenciar las obras con los paraguas abiertos en días de lluvia”.

Fue entonces que la naturaleza decidió el final de este símbolo de la vida teatral en la urbe, del que prácticamente quedaban las ruinas. En 1946, a consecuencia de un huracán, se demolió por completo la construcción.

Quedaba así, para el recuerdo del pueblo, el primer edificio levantado como teatro en la cultural Santiago. Durante dos décadas, los artistas locales y compañías francesas, españolas e italianas recibieron los aplausos de los santiagueros al adueñarse de la escena del que fue el Coliseo de Santiago de Cuba o Teatro de la Marina.

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Aguilera, la más larga de Santiago

Aguilera, la más larga de Santiago

Leticia Rodríguez

La conocida calle Aguilera de Santiago de Cuba, vecina de la arteria considerada columna vertebral del Centro Histórico de la urbe (la popular calle Enramadas), es poseedora de un relevante contenido histórico cultural. La historia que comenzó a contarse hace cinco siglos en una de las villas cubanas instituidas por el Adelantado Diego Velázquez y de Cuéllar puede repasarse a través de la calle más larga de Santiago.

La calle Marina, como se nombraba antiguamente, es una de las más conocidas y transitadas. Según el sitio digital Santiago en mí, llevaba al antiguo puerto de la ciudad y culminaba en la calle San Félix. Con el paso de los años, la calle Marina tomó el nombre oficial de Calle Francisco Vicente Aguilera; en honor al patriota bayamés, Mayor General del Ejército Libertador, quien llegó a ser vicepresidente de la República en Armas. Pero, los santiagueros preferimos llamarla: Aguilera.

La inconfundible arteria siguió atravesando el casco histórico para pasar por repartos como: Portuondo y Santa Bárbara hasta llegar a la Carretera de Siboney o Avenida Raúl Pujols, para encontrase con la arquitectura del Movimiento Moderno en la zona más elegante de Santiago.

Dispóngase a caminar. A comprobar, desde el primer paso, cómo se ciñó el urbanismo a una singular topografía y a admirar los atractivos arquitectónicos que conforman una parte sustancial del patrimonio construido de la ciudad.

Subiendo, desde La Alameda, se adentra en los primeros años de la República entre edificaciones que no creen en la vejez y continúan en pie. Ese es el caso de uno de los inmuebles, destinado a oficinas y almacenes, de la Familia Bacardí. Aún con su inconfundible símbolo en la fachada. Un murciélago legendario que desafía todos los avatares y reafirma con orgullo su autenticidad santiaguera.

Al ascender la empinada loma, Aguilera muestra el Mercado Municipal; posicionado como símbolo de progreso -desde 1859- en la manzana que completan las calles Gallo, Padre Pico y Heredia. El originalmente nombrado Mercado de Concha (haciendo honores a José Gutiérrez de la Concha, Gobernador Militar de la Isla) resurgió en los cincuenta con los preceptos del movimiento moderno. Al frente de La Plaza o el Mercado de Aguilera (como le llamamos), resiste una vetusta casona que no ha creído en la modernidad para mantener vivo el toque colonial y más añejo del ambiente citadino.

No puede cansarse aún, porque entre las esquinas de Padre Pico y Gallo lo espera lo que fue la Real Cárcel Municipal. Sus añosos muros sirven de sede a la Oficina de la Historiadora de la Ciudad y resguardan la valiosa documentación del Archivo Histórico Municipal.

Tómese un respiro ante edificio del Royal Bank of Canada. Suntuosa fachada, en la esquina de Corona, que demuestra la efervescencia ecléctica de las primeras décadas del siglo veinte. Sin lugar a dudas, un distintivo del patrimonio levantado en tierra santiaguera por una compañía norteamericana; la que, según apuntan algunas fuentes, importó hasta los materiales que se utilizaron para terminar el frente.

La fachada lateral del Banco (que en la actualidad funciona como una Sucursal del Banco de Crédito y Comercio) se funde con un lateral de la que es considerada una de las casas más antiguas de Latinoamérica. Es el Museo de Ambiente Histórico Cubano, inmueble que en el siglo XVI sirvió de residencia a Diego Velázquez.

De esta forma, ya está en el corazón de Santiago de Cuba. En el céntrico Parque de Céspedes, delimitado por sus transitadas intersecciones: Santo Tomás, Heredia, San Pedro y Aguilera.

La calle de la que hoy se habla se privilegia con más. El Palacio Municipal de Gobierno, el Ayuntamiento, se yergue orgulloso; mostrando reminiscencias de la arquitectura colonial. El inmueble se integró al entorno desde 1954, respondiendo al diseño de dos arquitectos habaneros, Eduardo Cañas Abril y Raúl Arcia Monzón; y a la pasión de un santiaguero eterno, el profesor y arqueólogo catalán, Francisco Prat Puig.

A partir de ahora, desde San Pedro hasta Calvario o desde la Casa del Te hasta la inevitablemente frecuentada cafetería La Isabelica, recorrerá el tramo considerado como el más interesante de la vía santiaguera. En él se siguen fundiendo la historia y las expresiones arquitectónicas. En este segmento de Aguilera retumba, desde la belleza indescriptible de las fachadas eclécticas, el nombre de Carlos Segrera Fernández.

En la herencia del genial arquitecto y urbanista santiaguero cuentan el Antiguo Club San Carlos (edificio estrenado en 1913), el Museo Provincial Emilio Bacardí (el primer museo de Cuba, inaugurado en 1928 como Museo-Biblioteca) y el Palacio Provincial de Gobierno (inaugurado en 1926). Piezas claves en el tablero patrimonial del centro histórico de esta ciudad del Caribe, declarado Monumento Nacional.

El tramo se destaca, además, la Escuela Provincial de Comercio; edificación que responde a los códigos del Monumental Moderno. Su proyectista fue el arquitecto venezolano, Rodulfo Ibarra Pérez.

Ah…una advertencia. Después de extasiarse con la belleza del Palacio Provincial de Gobierno, no repare en la sede de ETECSA (Empresa de Comunicaciones de Cuba). Por favor, haga un esfuerzo, intente tapar el sol con un dedo y diga que no ha visto tal infamia constructiva en medio del inestimable ambiente arquitectónico que se vive.

Entre el ruido de las camionetas y el calor natural de Santiago, Aguilera nos guía hasta la Plaza Dolores o el Bulevar, donde se exhibe una escultura de cuerpo entero de Francisco Vicente Aguilera, sobre un gran pedestal de mármol. Una enorme casona colonial y la excelente Sala de Conciertos Dolores (en la Iglesia que data del siglo XVII, la de Nuestra Señora de los Dolores) completan los encantos del concurrido espacio público.

A sólo tres cuadras y como parte del sistema de plazas ideadas en la etapa colonial para las prácticas militares se conserva la Plaza de Marte. El espacio lo invita a sentarse en uno de los bancos y a advertir el ir y venir de quienes habitan la urbe. Para que converse con ellos y viva de primera mano la naturalidad y la espontaneidad que los arropa.

Mientras se hidrata y admira el remozado entorno, seguramente un santiaguero lo invitará a terminar el recorrido en una moto. Ya no encontrará edificios de valores arquitectónicos destacables. Pero, eso sí, seguirá mirando de cerca a la gente, a los de a pie, en la expresión diaria de su idiosincrasia y de su “lucha”, que “no es fácil, pero…tampoco es difícil”. Le aseguro, entonces, que nunca se arrepentirá de haber sudado con ganas al recorrer la calle más larga de Santiago.

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