Su Señoría, la conga santiaguera

Su Señoría, la conga santiaguera

0

Leticia Rodríguez

¿Alguna vez se ha “metido” usted en una conga? ¿Conoce lo que es la conga? ¿La oriental, la de Santiago de Cuba?

Pregunto porque no basta con vivir en Cuba para estar consciente del significado de esta expresión popular. Hay que estar in situ para ver y sentir esa experiencia única, repetible en su máxima expresión en una época del año donde los que allí nacimos nos jactamos de decir que tenemos los mejores carnavales de Cuba y, como si nos pareciera poco, uno de los más grandes del mundo. Si lo desea, “créalo o no lo crea” (como decía, en su programa de televisión, hace muchos, muchos años, el mago Ayra, también santiaguero).

En este asunto de “los mejores carnavales de…” se nos sale lo de cubano. Si no llegamos, nos pasamos. Nos encanta hiperbolizar las cosas y los hechos. Y como soy una genuina santiaguera, repito, sin ningún complejo, que aún son los mejores carnavales de Cuba. En 2015, coincidiendo con la celebración de los 500 años de la fundación de la Villa de Santiago de Cuba, fueron declarados Patrimonio Cultural de la Nación. Y se insertaron en la Red de Carnavales del Caribe. Pero… con la más absoluta sinceridad, ya que hablamos en cubano, no son los mismos de décadas atrás. El por qué, lo dejo a su consideración si ha tenido o tiene la oportunidad de palparlos y ser parte del jolgorio cada año. Aunque ame a mi Santiago, no soy de los que pretende tapar el sol con un dedo. Esa época, para mí, pasó.

Lo invito ahora a hacer un bosquejo por la conga, por lo que considero es un fenómeno cultural y de masas que expresa, de la manera más espontánea posible, la idiosincrasia de un pueblo bailador y gozador por excelencia. Aunque, le advierto, no hay que esperar el julio tradicional para conocer este fenómeno que nos identifica. Santiago no espera eso. Para nosotros, la vida es un carnaval. La conga se forma para echar las campanas a vuelo por cualquier acontecimiento. Los santiagueros no tenemos momento fijo para decir: “Abre, que ahí viene el Cocoyé”.

La riqueza rítmica que contagia, la “descarada” expresión de lo auténtico y ese sentido de pertenencia tan visceral pueden identificar perfectamente a esta manifestación de lo cubano. La irremplazable conga puede localizarla en los ambientes urbanos de Santiago de Cuba, la ciudad reconocida como la tierra caliente, por las abrasadoras temperaturas y, sobre todo, por el calor que desprende ese paisaje humano tatuado con un slogan -del que sí puedo dar fe inquebrantable-: el de “buena y hospitalaria gente”. Gente que, a pesar de los tiempos y las tempestades, aún abre las puertas de sus casas y de sus pechos para que usted se sienta bien en medio de las alegrías y las cuitas.

La conga viene arrollando desde los tiempos de la metrópoli española. A los negros esclavos (hace más de tres centurias) se les permitió festejar, por ejemplo, durante el Día de Reyes y el día de Santiago Apóstol -cada 25 de julio. A partir de ahí, los portadores de una cultura ancestral como la africana echaron a un lado sus represiones y exteriorizaron su potencial, irradiando creatividad, aportando, a lo que se convertiría más tarde en la identidad cubana, una revolución de ritmos sincopados, efervescencia que, en sus cantos, describe los ambientes y las realidades con ocurrentes y originales estribillos que han constituido auténticas crónicas sociales en cada una de las épocas.

Su Señoría, la conga -aprovechando un tema de la autoría de una de las figuras prominentes de la música tradicional cubana, el santiaguero Enrique González, “La Pulga”- permite la fluidez del baile con una cadencia y una forma únicas en Cuba. Como se baila la conga en Santiago, no se baila en ninguna otra parte. O, más bien, como arrollamos los santiagueros, no arrolla nadie. Recuerde que soy cubana… y no puedo dejar de ponderar lo que llamamos “lo nuestro” con un orgullo ancestral.

Ese ritmo que se crea con el toque del quinto, las galletas, las congas, las campanas, diversos objetos metálicos… y, por supuesto, de la esencial corneta china, obliga al baile con una exagerada expresión de gestos y movimientos. Este instrumento de viento -según el portal en internet de la Oficina del Conservador de la Ciudad de Santiago de Cuba, al contactar con especialistas del Museo El Carnaval de la afamada Calle Heredia- apareció por primera vez en los festejos carnavalescos de 1915. Añade este portal que la presentó el director del Paseo El Tivolí en aquel entonces, Feliciano Mesa, y que fue Juan Bautista Martínez el pionero en su ejecución.

El de Juan Bautista es un nombre que trae a mi memoria otros dignos de reverenciar: el de Walfrido Valerino, con casi cincuenta años en el mundo del arte; y el de Joaquín Solórzano, quien también tiene su rica historia con los Tambores de Enrique Bonne. Artistas populares que inundan las madrugadas santiagueras en las noches de carnaval con el sonido de sus cornetas.

La creación musical de “La Pulga”, popularizada por Los Compadres, describe a la perfección lo que se vive cuando miles de personas uniformadas -no por su vestimenta, sino por la homogeneidad de su expresión sociocultural- afianzan sus raíces en medio de la contemporaneidad. No hay diseño preconcebido de vestuario, no hay tocados, no hay brillo ni lentejuelas. Hay sudor, olor a hueso, a la sabia de los gajos pa’ despojar. Se exprime el piso con las plantas de los pies. Sale el vapor y el ambiente se contagia de una humanidad increíblemente arrasadora que, al pasar, hace retumbar los cimientos de las casas como tornado feroz.

Ahora sí tengo que cambiarme to’a la ropa
Porque ahora toda ‘tá to’ita de´guaza’
Los zapatos ‘tan sin suela
La camisa ‘tá rompi’a
El pantalón ‘tá suda’o
Y es porque pasó la conga
Llamando gente a arrolla’.
Y yo me metí en la conga
Porque yo no echo pa’ ‘tra’.
Porque si la conga pasa
‘to el mundo sale a arrolla’

Si en Cuba existe algo a lo que su gente se suma voluntariamente -de verdad, voluntariamente-, es a la conga. No hay que tocarle la puerta a nadie, ni apuntarlo en una lista. Se nos van los pies, se aceleran las partículas del cuerpo y el cerebro se desordena para lanzar sus mandatos con desmedida autoridad a cada parte del esqueleto. Los pies se arrastran, se mueven las caderas, los hombros se contagian, la cabeza se pierde con ese tumba’o sabroso que no se puede explicar.

Que lo testimonien quienes viven en los alrededores de los focos culturales de las emblemáticas congas santiagueras. Que lo diga la gente de Los Hoyos, con Bandera al frente. Que los de Paso Franco toquen la corneta para que toda Carretera del Morro y Mariana de la Torre se desaten a arrollar. Que la gente de Portuondo, Flores, Zamorana le pongan su sazón a la también centenaria El Guayabito. Los vecinos de Santa Bárbara que se pongan las cutaras cuando sientan el toque de Alto Pino. Que San Pedrito suene duro los cueros para despertar los muertos. Que el Charangón de Raulito no pierda jamás su energía y mantenga viva a San Agustín. ¡Cuántas congas! ¡Cuántos barrios! ¡Cuántas formas de expresión de la cultura y la tradición del santiaguero, de lo cubano popular!

Los Compadres lo cantaron bien. Y le añadieron la extravagancia y curiosidad de la cocina típicamente cubana a este tema musical que le invito a saborear. Porque en tiempo de conga y carnaval unas hayacas con chivo o con cangrejo y con bastante salsita es algo para respetar.

Me voy pa’ Los Holmos
Pa’ arrolla’
Me voy pa’l Tivolí
Pa’ arrolla’
Ay, que pa’ la Trocha
Pa’ arrolla’
Pa’ San Agustín
Pa’ arrolla’
Pa’l Guayabito
Pa’ arrolla’…

Por eso, si algún día se encuentra en Santiago de Cuba y coincide con la llamada “invasión” (ese momento en el que cada conga sale de su sede y hace un recorrido por sus barrios para visitar otra sede), fíjese bien y no se vaya a desbarata’, porque si la conga pasa, usted -sin duda- se va a engancha’.

Your email address will not be published. Required fields are marked *