Reír hasta llorar con Álvarez Guedes

Reír hasta llorar con Álvarez Guedes

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Leticia Rodríguez

Leyendo y “echándole un looking” a algunos materiales sobre los cubanos y nuestra forma de ser y de expresarnos -de veras que somos “candela”-, me he “descuarejingado” de la risa con los chistes que encontré, con las ocurrencias que nacen de nuestras singulares situaciones, de nuestros infortunios.
Y si hay que “partirse” de la risa, sin ninguna duda, hay que disfrutar de la gracia sin par de Álvarez Guedes, del predicador del “choteo” y del sarcasmo.

Escoja al azar uno de los 32 discos del matancero nacido en 1927, lea alguno de sus libros o “prenda” el video para ver una de sus películas (el día que lo haga, please, no se olvide de invitarme). Se dará cuenta, porque nunca es demasiado tarde para eso, del orgullo que se siente por los éxitos y la grandeza de un cubano chispeante que tuvo una carrera excepcional. Realmente, “se la comió”. No solo por su jocosidad y su probada experiencia en el teatro, el cine, la radio y la televisión; sino por el amor a su profesión y el respeto al público que le correspondía. Las palabras del artista ante los micrófonos de CNN en 2010 no dejan espacio a la duda: “Siempre trato de hacer reír a todos los que hablan en español. Unos se ríen más que otros, pero para mí lo más importante es que la gente tenga ‘material’ suficiente para mejorar su salud”.

Y, literalmente, cuánta salud inyectó ese ser humano de notables sabiduría y cultura a varias generaciones, no solo de cubanos, sino de todo el mundo hispanohablante. El nivel estratosférico al que elevó su arte de hacer reír hasta el llanto, le permite desandar por la eternidad del costumbrismo y la idiosincrasia criolla.

Recuerdo que, hace unas décadas, escuchábamos a Álvarez Guedes con el volumen al mínimo en la radio cassettera de mi casa en Cuba. Era una expresión de clandestinaje, “para desconectar” en el hermetismo de cuatro paredes. Era una especie de recreo en un oasis prohibido en medio de las escaseces y… de todo lo demás. Confieso que aquellos pobres decibeles nunca decidieron el volumen de las carcajadas de mi familia cuando el “hombre de la risa eterna” preguntaba con su simpatía extrema: “¿dónde está la vieja pa’ arrancarle lo tres pelos?”.

Llámelo como desee, cuentista o comediante. Lo cierto es que no tenemos cómo pagarle al querido y célebre humorista cubano el hacernos reír con su arte motivador y con su aguda inteligencia.
De Guillermo Álvarez Guedes siempre hay que hablar en serio. Fue uno de los artistas anulados en la tierra que le dolió hasta la muerte; pero, de la misma forma, un artista multifacético aplaudido e idolatrado en las dos orillas, un ingenioso cronista de la vida del cubano, de su manera de pensar y de actuar; el artista que contribuyó a que nos sintamos más orgullosos de nuestras raíces a través de su llaneza y su legitimidad.

El 23 de octubre de 1960 se le quedó marcado para siempre con el peor recuerdo de su vida. Aquel día salió de Cuba, con su Unión de Reyes en el corazón, para no regresar jamás físicamente. Según he leído, el actor precoz, el adolescente de circos ambulantes, el criminal de los dramatizados de la radio cubana, el comediante que sacó a la luz Gaspar Pumarejo (un genio de la televisión, “hacedor de estrellas”, como lo llama Edgardo Huertas en su artículo de PrimeraHora.com) en la piel del popular borracho de Casino de la Alegría -en CMQ-TV- abordó aquel día el avión hacia Miami junto a otro ídolo de la cultura cubana: la inolvidable Celia Cruz. ¡Qué triste coincidencia!

Pero aquel hombre bendecido con inteligencia, educación e instrucción convirtió el humor en eficaz medicina para apaciguar el dolor.

A Puerto Rico también llegó y afianzó su casta de productor musical con el sello Gema, fundado en Cuba en 1957 junto a su hermano Rafael y al pianista Ernesto Duarte Brito. Muchos son los artistas que agradecieron y agradecen a la mano amiga que contribuyó a su proyección internacional. En la historia de Gema Records cuentan figuras de renombre como Rolando Laserie, Celeste Mendoza, Bebo Valdés, Elena Burke, Fernando Álvarez, Danny Rivera y el Gran Combo de Puerto Rico.

Álvarez Guedes fue una especie de antropólogo que rompió el molde. Al expresarse culturalmente, a través de su humor afilado y sincero -alejado de toda solemnidad-, nos tocó el alma y el espíritu. Su obra atesora las tradiciones que se agolpan en la vida de la Cuba andariega, de los cubanos de cualquier parte que nos reímos de nosotros mismos y de nuestra realidad.

No cabe dudas que el maestro vivió del cuento y aún hoy arrebata sonrisas como le da la gana. Porque, como decía en sus actuaciones, con el idioma español nadie se confunde y sus chistes se entienden fuerte y claro. Su picaresca y su sazón aliñaron los escenarios donde se presentó con sus unipersonales, tanto en Latinoamérica como en España y los Estados Unidos. Conocía a sus públicos y para cada uno preparaba con rotunda calidad sus espectáculos. Sus monólogos los narraba magistralmente, dejándonos enrolados en su perfecta dramaturgia.

El maestro del doble sentido nos hizo la vida más agradable. Hay que recordarlo cada momento en que escuchemos o digamos “¡Ño!”, la expresión que le quitó el puesto a la palabra original y que puso en boca de la gente, echando a un lado la grosería. Aun cuando las más sanas malas palabras servían de apoyo a su elegante irreverencia. Como genuino hipnotizador de públicos, lo de “comemierda” -en su inconfundible voz- nos suena como algo puro y familiar.

Hace tres años la muerte tocó a la puerta de su casa de Kendall, en la Florida. Y como quien echa una carcajada de humor negro, se lo arrancó a la vida el 30 de julio de 2013, a las 12 y 40 del mediodía. Su partida hacia el escenario que comparte con otros íconos de la cultura cubana causó pesar en los corazones latinos. La crónica de Wilfredo Cancio en el sitio Café Fuerte (como muchas otras en todos los medios de comunicación, excepto en los de su patria) reflejó dicho dolor: “Ha muerto en Miami Guillermo Álvarez Guedes, rey del chiste y la cubanidad; el hombre que logró conciliar a los cubanos de todos los confines, de la isla y del mundo, a través del lenguaje universal de la risa”.

El periodista espirituano, radicado en Estados Unidos, añadió:

Con la muerte de Álvarez Guedes desaparece un aire de época, un aliento de cubanía que traspasó fronteras y se hizo parte de la idiosincrasia y la cultura como reflejo de la singularidad de sus compatriotas. Tal vez nadie como él llegó a calar e interpretar la condición nacional en la isla y en el exilio.

El hombre incansable que nos regaló sus tardes durante quince años en el programa “Aquí está Álvarez Guedes” (por la 92.3 de la FM) trasciende por la grandeza de su arte, por la lealtad a los suyos, por su sinceridad. Con su obra, el rencor se hizo invisible, todo queda entre cubanos.

Ahora, con la puerta y las ventanas abiertas en una casa de Miami, estoy escuchando al célebre humorista. Aprovecho que es temprano y fin de semana para romperme los tímpanos y celebrar las nuevas oportunidades que van llegando a mi vida.

Pienso, mientras me río con cuentos como el del guanajo, el del tipo del gato o con sus ocurrencias en la escuelita para conductores, que de alguna manera “El Rey del chiste y la cubanidad” ha regresado a la isla donde dejó enterrado su corazón hace casi sesenta años. Lo imagino en los pasillos de lo que fue Unión Radio, en Radio Progreso, en los estudios de la CMQ protagonizando una tremenda “jodedera” junto a Leopoldo Fernández (Trespatines), con la presentación del estelar Germán Pinelli. Pero… no están solos. Junto a ellos, “desguabinándose” de la risa están Rita Montaner, Minín Bujones, el Benny, Celia Cruz -junto a su Pedro- gritando “¡Azúcar!”, Olga Guillot, La Lupe -despojándose de sus zapatos. Hasta el maestro Luis Carbonell se sale de su compostura. Porque… con Álvarez Guedes habrá siempre que disfrutar “de la vida a la muerte y otras mierdas más”.

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