Olga Guillot: “Cuba es la perla que he perdido en el mar”

Olga Guillot: “Cuba es la perla que he perdido en el mar”

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Leticia Rodríguez

La primerísima estrella del legendario cabaret Tropicana, en las brillantes noches habaneras, fue otra cubana que se fue de este mundo con esa deuda pendiente: nunca más pisó el suelo de su patria. Se le vio partir con ese dolor a cuestas, pero con la “paz interior” de la que siempre presumió. Mi generación no conoció a la “Reina del bolero”. No la gozamos, ni en la radio ni en la televisión. Olga Guillot no existía.

Me hubiera encantado verle actuar en los principales teatros o en los grandes eventos junto a Elena, Moraima, Omara, Celeste… o que un milagro hubiera unido otra vez en su Cuba a las reinas del bolero y la guaracha. Pero la vida o las circunstancias propias de unas largas y cuestionables décadas no lo permitieron.

La libertad de acceder a la información no tiene precio. En este país he disfrutado los videos y he podido leer sobre la mujer que nació artista y que comenzó su exilio en Venezuela. Del lobo un pelo, para hablar sobre el tema con cierta familiaridad. Y, aunque nunca será tarde para decir que he visto a Olga Guillot, que he disfrutado de su voz y de su arte, hubiera deseado que la Reina caminara libre por los dominios de su Santiago natal e irradiara a su Cuba bella su talento y energía.

A los siete años, con una bata confeccionada por su madre, Olguita se presentó en el teatro Carral de Guanabacoa, a cantar El manisero. Su carrera como solista arrancó en un concurso de Radio Cadena Azul, después de haber formado un dúo con su hermana Ana Luisa, de haber incursionado en el teatro con Garrido y Piñeiro y de formar parte de la nómina del cuarteto vocal Siboney de Isolina Carrillo. La joven estrella fue impulsada al éxito de la mano del pianista y compositor Facundo Rivero.

Fue profeta en su tierra. Así lo expresó cuando, hace algunos años, le abrió su alma al padre Alberto Cutié la santiaguera que, en 1961, decidió no regresar a su país, dadas las circunstancias políticas que atraparon a la isla. Así lo repetiría siempre la “mejor voz cancionera de Cuba” y quien obtuvo un Disco de Brillantes por haber conseguido las más altas ventas en su país desde 1954 hasta 1960.
Olga brillaba y era una señora cantante cuando México y Cuba se abrazaban a través de la música. Formaba parte de esa constelación donde Pedro Vargas, Toña “La Negra” y Jorge Negrete intercambiaban sus talentos con Ninón Sevilla, María Antonieta Pons y Rosita Fornés, en los predios de ambas naciones.

Olga empezó en el teatro, y hasta México llegó en los años cuarenta contratada por la XEW (una de las estaciones de radio más antiguas de México, ubicada en el D.F.). En el país azteca desarrolló su temporada de teatro y apareció por primera vez en una película. Fue ese el punto de partida para que la joven y estelar Olga Guillot anualmente hiciera sus temporadas en la hermana nación. Entonces, sus boleros y su temperamento musical se apoderaron del público de Europa, Centro y Sur América y Estados Unidos.

Olga Guillot debutó en 1964 en el Carnegie Hall, con la Orquesta de Machito (fundada en 1940 con su sello afrocubano), en boga por aquellos tiempos. Fue la primera artista latina, cantante de boleros, que allí se presentó. Estuvo antecedida por Marta Pérez, una mezzosoprano habanera que se marchó de Cuba en 1960 y que protagonizó, en septiembre de 1961, la zarzuela de Gonzalo Roig, Cecilia Valdés. Qué maravilla: las dos, cubanas. Qué tristeza: varias generaciones en la Cuba revolucionaria nunca supimos de los éxitos de estas divas de nuestra patria.

En México vivió la mayor parte de su exilio. A ese país quedó enlazada por múltiples razones. Grandes nombres están relacionados con ella. Tal es el caso de Armando Manzanero, de quien siempre se consideró alumna y de quien interpretó inolvidables canciones. Olga está considerada, además, la madrina artística de José José; sus consejos resguardaron al “Príncipe de la canción” cuando este apenas exhibía sus inocentes 21 años.

Triunfó primero en Cuba, como Celia Cruz, a quien consideró siempre como su mejor amiga, su “Ochita”, su hermana. Desde Cuba vinieron compartiendo escena y exilio. A siete iglesias de La Habana, según palabras de Guillot al padre Alberto y en el programa Aquí y ahora de Univisión, le acompañó Celia, con Olga María en brazos. De esta manera la “Reina de la guaracha” cumplió la promesa hecha a la Virgen, agradeciéndole por el buen parto de Olga.

Para desmentir los chismes que la prensa sensacionalista en algún momento sacó a la luz sobre la supuesta rivalidad entre los dos astros de la escena, Olga Guillot expresó, además, que la primera firma que aparece en su casamiento es la de Celia Cruz.

Su gran amor y su vocación absoluta fue por la música. Durante más de seis décadas se consagró por completo a su carrera con una gran disciplina. Olga Guillot es un símbolo, una escuela para los jóvenes artistas. Las nuevas generaciones que desean ver la luz en el mundo del espectáculo tienen en ella el mejor referente para expresar lo que sienten con toda la emoción y el temperamento que el público exige en el tema del amor, de las traiciones, del desamor y de los celos. La Guillot fue maestra en la proyección escénica. Espontánea y franca en su manera de actuar y de cantar el bolero que recibió como herencia de su cubanía.

Les cantó a todos los compositores cubanos de boleros. Agradeció siempre a todos los que les grabó y colmó de éxitos. A los mexicanos, sudamericanos, puertorriqueños…

Cuba ofreció al mundo una artista monumental, poseedora de una fortaleza, una sinceridad y una expresividad inigualables, con un estilo especial y diferente. Fue una mujer fuerte y sensible a la vez, que tuvo en su vida una única depresión: Cuba; tal como lo dijo para América TeVe, frente a Yossie Galindo en 2006. A su patria siempre la añoró y peleó por ella con una sola arma: su voz, su garganta. “Yo salí a cantar el dolor de Cuba”.

El 12 de julio de 2010, su estrella, ubicada en la calle 8 de Miami -arteria que lleva su nombre-, iluminó con tristeza los corazones del exilio cubano. Olga Guillot se fue a los 87 años. Murió en el hospital Mount Sinaí, de Miami, con la tranquilidad que siempre le pidió a Dios. Nos dejó veinte discos de Oro, diez de Platino y uno de Diamante; unos sesenta fonogramas, su biografía en el título Con derecho a balcón y, sobre todo, nos dejó su arte.

Ahora escucho su versión de “Stormy weather” (“Lluvia gris”), de Harold Arlen y Ted Koehler; me extasío con su “Miénteme” (pieza que internacionalizó a la temperamental vocalista), del mexicano Chamaco Domínguez; o me pongo más romántica con su versión de “Tú me acostumbraste”, del matancero Frank Domínguez, quien también falleció fuera de Cuba, en Mérida, México.

La “Reina del bolero” sigue viva, empuñando su canción como una espada, invitándonos a entonar, con la misma energía, los boleros que trascendieron en su voz, con el feeling en las entrañas; como cuando decía con música: “Cuba es la perla que he perdido en el mar”.

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