Monseñor Agustín Román: antorcha espiritual y patriótica del exilio cubano

Monseñor Agustín Román: antorcha espiritual y patriótica del exilio cubano

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Daniel Shoer Roth

De niño en Cuba, organizó primeras comuniones en los campos cercanos a su finca Casas Viejas. En la práctica pastoral del seminario en Colón, atendió a los niños limpiabotas. En camino a La Habana horas antes de ser expulsado de la isla, desvió a los milicianos a la iglesia de Cárdenas para consumir las hostias consagradas. Aprendió con premura el francés en Quebec para impartir catecismo a niños canadienses y, más adelante, el quechua para evangelizar a los indígenas mapuches chilenos. En Miami, construyó, centavo a centavo, el santuario mariano que en Estados Unidos ocupa el quinto lugar en el número de peregrinos. Aglutinó, guió, defendió e inspiró una comunidad muy exitosa. Salvó una cultura, valores y tradiciones en la diáspora. Y realizó estas tareas con humildad, sencillez y pobreza, sin otra motivación más que el amor a Dios y a la humanidad.

Así pudiera condensarse, en un solo párrafo, la extraordinaria vida de Agustín Román, el líder espiritual del pueblo cubano en el exilio. Intensamente querido por los inmigrantes debido a su piedad sencilla, disponibilidad inmediata y suave fortaleza, fue un pastor que rompió los moldes tradicionales de conducta, habló sin tapujos y dejó a un lado formalismos al estilo del actual Papa Francisco.

Por su carisma, el primer cubano nombrado obispo en la Iglesia Católica de Estados Unidos fue un polo de atracción de leales seguidores. Reverenciado por sus devotos como el servidor que los conectó con su patria cubana, nunca dejó caer su voluntad de luchar por el bienestar de los más frágiles. Cultivó la fe a través de la oración, reflexión y práctica cristiana. Conquistó un caudal de amor por su disponibilidad al prójimo, sus virtudes humanas, su compromiso con Dios, la Iglesia y los inmigrantes.

Monseñor Román murió en Miami, en abril de 2012, a los 83 años, con la cruz del pectoral sobre su corazón enfermo y el anillo episcopal grabado con la silueta del manto protector de la Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba. Falleció en plena misión evangelizadora, cuando se dirigía en el automóvil a enseñar una clase de religión en la Ermita de la Caridad, el santuario que fundó, un símbolo de la fe católica para miamenses de todas las nacionalidades hispanoamericanas, no solo de los cubanos.

El día de su sepelio, dos columnas apretujadas de fieles exaltados de entusiasmo demarcaron las veredas de la icónica Calle Ocho en una escena tan surrealista como real para despedir los restos mortales de su faro de esperanzas. “¡Santo súbito!” aclamaron, mientras avanzó la procesión funeral. Al exaltar sus bondades en la Catedral St. Mary, donde recibió las más honrosas exequias, el Arzobispo de Miami, Thomas Wenski, lo proclamó “el Félix Varela de nuestros tiempos”.

 

Orígenes humildes

La suya es la historia de superación de un hombre nacido y criado en un bohío de campo sin agua corriente ni suministro eléctrico.

Agustín Aleido Román Rodríguez nació el 5 de mayo de 1928 en un pequeña finca en el municipio de San Antonio de los Baños, al suroeste de La Habana. Sus ancestros emigraron de las Islas Canarias a finales del siglo XIX. Vivían de la siembra del tabaco y la caña en extrema pobreza, hasta que consiguieron arrendar tierras.

Familias campesinas de la época como los Román practicaban una catolicidad popular. Solo celebraban las grandes fiestas del calendario litúrgico y de los patronos de sus parroquias, en su caso, la Parroquia San Antonio Abad. En su hogar reinaba sobremanera el amor a la Virgen María bajo la advocación de Nuestra Señora de la Caridad. El rosario era la oración común de la familia. Esas coloridas imágenes agrestes fueron fuente de incontables metáforas en sus sermones y escritos a lo largo de su vida sacerdotal y episcopal. De hecho, él se definía a sí mismo como “guajiro”, vocablo usado en Cuba para llamar a un trabajador de la tierra.

Aunque sus padres, Rosendo y Juana María, tenían solamente un nivel de cuarto grado, Agustín –apodado cariñosamente “Leyo”– culminó la primaria en una escuelita rural y prosiguió sus estudios en el pueblo, donde se afanó con coraje y determinación. Fue entonces cuando un compañero lo invitó a participar en el grupo juvenil de la Acción Católica en la parroquia bajo la dirección del Padre Manuel Colmena, su gran maestro. Pronto, se incorporó en la comunidad litúrgica al envolverse en el estudio y aplicación de su fe al vivir diario y a sus relaciones que formaban parte de su entorno. Asistía a misa dominical, oraba, catequizaba en las comarcas contiguas.
Después de graduarse de bachillerato en La Habana y trabajar varios años como maestro asistente en el Colegio San Juan Bautista de La Salle, ingresó al seminario llamado por su ardiente vocación sacerdotal. Cursó los primeros años en el Seminario San Alberto Magno, en Colón. Posteriormente, el Obispo de Matanzas, Alberto Martín Villaverde, lo envió al Seminario de la Sociedad de Misiones Extranjeras en Montreal, donde obtendrá el enfoque misionero tan característico de su apostolado.

“Vas a adquirir una visión más amplia. La Iglesia Católica es universal”, le dijo el obispo con una mirada profética. “Recuerda que eres un isleño y no quiero que te quedes solamente un isleño”.

Padre del exilio

El 5 de julio de 1959, a los 31 años, Agustín Román coronó su anhelo al recibir la Orden Sacerdotal en la Diócesis de Matanzas. Su ejercicio como párroco en zonas rurales fue fructífero, no obstante, corto. Dos años más tarde, a punta de metralleta, fue expulsado por los revolucionarios en un barco, junto con otros 131 sacerdotes, sin pasaporte y sin más equipaje que su fe después de sufrir cárcel y persecución.

Descendió al otro lado del Atlántico, en España, a encarar lo incógnito: una vida sin patria, sin parroquia y sin familia. Súbitamente, se vio en los zapatos de un misionero errante. Primero, trabajó entre los indígenas araucanos en Chile. Más adelante, se radicó en Miami. Ese destierro forzoso lo llevará a convertirse en el pastor y patriarca de una gigantesca comunidad cubana en el Sur de Florida. Aquí encontró que, para sobrevivir, había artistas haciendo trabajos de mantenimiento; madres con sus niños recogían tomates y fresas; arquitectos convertidos en telefonistas; enfermeras trabajando en lavanderías; médicos aparcando vehículos; maestros paleando tierra; profesionales empleados en factorías.

Con donaciones de “kilos prietos” (así llamaban los cubanos a los pennies), estos exiliados, en su mayoría practicantes de la confesión católica, ayudaron a edificar un santuario para la Virgen, encomienda que el Padre Román había recibido del entonces Obispo de Miami, Coleman Carroll. La Ermita de la Caridad, frente a la bahía en Coconut Grove, adoptará una función cultural de primer orden en la historia local como punto central en los esfuerzos por recibir y ayudar a oleadas de inmigrantes escapados de sus países por razones políticas, económicas o de seguridad personal. Es el primer lugar que visitan los cubanos hoy cuando llegan. Además, ha fungido como motor de la enseñanza evangélica y la catequesis.

El Padre Román detectó las necesidades espirituales y materiales de los refugiados; desempeñó un papel protagónico en la acogida y asistencia, aun cuando carecía de recursos humanos y económicos para hacer frente a los cambios demográficos. Él fue inspirador y planificador; motor y alma del trabajo obrado en la Ermita. Pero, en su infinita humildad, siempre dio crédito a los seglares por la hermosa y sacrificada labor.

Un ‘héroe’ sin miedo

Su vida adquirió dimensión histórica al ser designado, en 1979, como primer clérigo cubano elevado al rango de obispo en la Iglesia Católica de Estados Unidos. El nombramiento episcopal en la Arquidiócesis de Miami dejó en sus manos una mayor responsabilidad, pues previamente su jurisdicción se circunscribía al southwest de la ciudad. Tenía ahora a su cargo la mitad de la península floridana. Comenzó a peregrinar de parroquia en parroquia a lo largo del Estado para administrar el Sacramento de la Confirmación y predicar las Escrituras sagradas. Lo guiaba el mismo afán aventurero de viejos tiempos, cuando serpenteaba los cañaverales en una motoneta para llegar a los bohíos en la campiña cubana, donde daba una somera catequesis y regalaba una estampita de la Virgen.

A mediados de los años ochenta, abrió sus oídos a las dificultades e inquietudes, y rebosó de gallarda valentía y humana justicia durante la sublevación de los presos del Mariel en las penitenciarías federales en Oakdale y Atlanta. Sin guardaespaldas –y revestido de su mejor armadura: la plegaria y el rosario– entró a las prisiones y consiguió que los sublevados depusieran las armas y dejaran en libertad a los empleados secuestrados. La cadena de televisión ABC lo nombró “Figura de la Semana” y la revista People le dedicó un reportaje.

Monseñor Román salía con los rehenes liberados cuando recibió una llamada del presidente Ronald Reagan. “Mire, yo no tengo tiempo –comentó al funcionario penitenciario–. Dígale al señor presidente que agradezco muchísimo esa delicadeza que él tiene, pero, por favor, ahora debo acompañar a los rehenes al hospital”.

La prensa le atribuyó las cualidades de un héroe, mas él las negó. “Un obispo, un sacerdote, es un servidor, no un héroe”, declaró después de reconciliar la libertad y el orden. Resuelto el conflicto, aseveró: “Seguiré siendo el mismo que antes. Un profeta, si lo quieren”.

Ser obispo también lo condujo a ejercer influencia a nivel nacional, siendo su trabajo pastoral un modelo para parroquias en otras zonas del país con alto índice demográfico de hispanos. Desempeñó una función clave en la sensibilización en las estructuras del modelo de Iglesia institucional y organizada de Estados Unidos. Con su labor “de hormiguita” en la Conferencia Episcopal, propulsó una Iglesia más evangelizadora, y contribuyó a la publicación de la carta pastoral La Presencia Hispana: Esperanza y Compromiso, en la cual el cuerpo de obispos en Washington reconoció la contribución de esta minoría a la vida y misión de la Iglesia en cientos de parroquias.

Servidor sin medidas

A Monseñor Román lo distinguió una sensibilidad especial bullente en su corazón; en su mirada, gestos y palabras. Emanó paciencia, calma y una gran misericordia. Más que jerarca de iglesia, fue un hombre de pueblo que enardeció el espíritu de quien lo conoció: desde el jovial dependiente que le sirvió un café en el mostrador de una cafetería hasta el veterano alcalde que lo condecoró con la llave de la ciudad; desde el buen hombre que no terminó la escuela primara hasta el genio científico; desde el indigente que depende de los cupones de alimentos hasta el multimillonario que figura en la lista Forbes; desde el taxista que lo recogió del aeropuerto hasta el congresista que le consultó una propuesta… todos, sin importar sus condiciones, recibieron la misma dosis de respeto y cariño.

En efecto, fue un individuo que vivió para los otros, más que para sí mismo. Un ser humano que, cuando fue ordenado en su querida Cuba, se entregó completamente al Creador. Y vivió esa entrega cada día, anteponiendo las necesidades de cada cual a las suyas.

El día de su ordenación episcopal en el Centro de Convenciones de Miami Beach, los exiliados vieron reflejado en su nuevo obispo el reconocimiento a los aportes de la comunidad cubana al desarrollo de la Iglesia en Miami. Aquella tarde colmada de alborozo, en su primer discurso en calidad de prelado, Monseñor Román confesó a la animada masa de fieles lo siguiente:

“Quisiera cerrar mis ojos al final de este destierro mirando a Jesús Sacramentado y diciéndole, como aquella monjita franciscana de La Habana, muerta a comienzos de este siglo, Sor María Ana de Jesús: ‘He querido serte fiel durante toda mi vida’. Sé que nada puedo solo. Pero la presencia de ustedes me recuerda que en Dios todo lo puedo”.

Daniel Shoer Roth es el autor de la biografía autorizada de Monseñor Agustín Román “Pastor, Profeta, Patriarca”, publicada por el Santuario Ermita de la Caridad.

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