Mis amigos prefieren fresa

Mis amigos prefieren fresa

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Leticia Rodríguez

Formo parte de este país, aunque no les guste, y tengo derecho a hacer cosas por él. No me voy de aquí aunque me den candela…

Lo demás, lo que viene detrás, ya usted lo sabe si vio Fresa y chocolate.

Con esa expresión se me desbocaron el alma y los sentimientos unos días antes de decidirme a venir a “América”, en un debate -alejado del academicismo- con dos de mis mejores e incondicionales amigos. Recordábamos así una de las más vibrantes y eminentes producciones de la cinematografía cubana. La primera que nos representó en los Oscar, exactamente en su edición 67.

Conversábamos en la terraza de mi casa. Se sumaron las tacitas con el café nuestro… pero no de cada día (¡suerte que acababa de llegar a la bodega!). A su aroma de chícharo mezclado le adicionamos unos pastelitos con guayaba. Mientras el reloj se adentraba en la tarde, eso mismo hacíamos con nuestras palabras. Nos dejábamos guiar por el sendero de la reflexión que puso ante nosotros el fundador del ICAIC (Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos) y padre de una veintena de películas. El ilustre Tomás Gutiérrez Alea.

Desempolvamos las imágenes de los noventa, época en la que se sitúa la entrega cinematográfica, y recordamos nuestros tiempos en la universidad. Aquellos años muy duros, cuando estudiábamos con candiles (no por los apagones, más bien por los alumbrones). En el día a día de una impuesta ideología, que se complace en lo onírico, y de la más absurda intolerancia con quienes estuvieran “desorientados sexualmente”. Y, en medio de aquel desconcierto kafkiano, Titón nos da dos lecciones. Una, de humanidad: dos jóvenes que supieron sortear las diferencias y hacer valer lo esencial, su amistad. La segunda, de auténtica cubanía.

A partir de esos fundamentos versó otra de nuestras inolvidables tertulias.

Fresa y Chocolate, “del pi al pa”, asume rasgos distintivos de nuestra cultura que, a su vez, la hacen más popular, ya que logra su inmediata identificación con el público cubano. Gutiérrez Alea parte de elementos reconocibles y auto reconocibles de diferentes grupos que existen en la nación: los prejuicios de llegar virgen al matrimonio, las bodas con sus típicos trajes, la música bien cubana que apoya el ambiente de barrio. El bar como tradicional sitio de desahogo por los desengaños amorosos. Las imágenes de la añeja Habana con las discusiones en sus calles, con los besos a deshora. La polémica forma de vestir del cubano, la “balbacoa”. La doble moral, la rumba, el bullicio de un barrio completo fuera de casa cuando alguien se corta las venas o, lo que es lo mismo, el brete, el chanchullo. Las ventas clandestinas en el solar, las tendederas. Hasta un puerco que, a su manera, hace sentir que ha llegado a “formar parte de una familia cubana”.

Nancy, el personaje magistralmente interpretado por Mirta Ibarra, se presenta muy real y muy cercana, con rasgos de una identidad imborrable. Su Santa Bárbara así lo expresa. Es el arraigo, el ser parte de una cultura que tiene muy bien definidos sus ancestros. Unas velas encendidas, una consulta al padrino con sus caracoles, un baño de rosas para limpiar el cuerpo y hacer realidad los deseos. Pero eso no es todo. También se leen las manos y se trata familiarmente a Changó, porque la deidad es ente decisivo en los asuntos de su hogar.

Después de recrear el ambiente, nos fuimos al plato fuerte, a registrar las interioridades de los dos personajes principales: dos jóvenes, uno heterosexual y comunista; el otro, homosexual. Pero, los dos, CUBANOS. Ambos, amantes de la tierra que los vio nacer, con el sentimiento de la nacionalidad profundamente marcado.

Así lo demuestra Diego cuando expresa: “El que yo sea homosexual no impide que sea una persona decente y un patriota como tú”. Nunca mejor dicho. Diego, con su cultura cultivada, ha logrado adueñarse de un gran refinamiento intelectual y vestir a su “guarida” con las imágenes de lo más representativo de la cultura cubana. Un altar así lo indica. No se le ha escapado manifestación artística alguna. No ha dejado escapar a las figuras más excelsas. Diego mantiene vivos a José María Heredia, La Avellaneda, Julián del Casal, Don Fernando Ortiz, Rita Montaner, Matamoros. Las zapatillas que evocan Los zapaticos de rosa. El farol de la alfabetización. Un Servando Cabrera de la etapa erótica (¡qué suerte!). Para él, lo afrocubano jamás se ausenta; ahí está el hacha de Changó. Pero el crítico vehemente del régimen que sobrevive décadas, tiene para todo. No olvida que lo kitsch está presente detrás de cualquier puerta. Dos indios de yeso así lo demuestran.

Y, en un pequeño rincón de la “guarida”, en esta obra maestra del director de Memorias del subdesarrollo, el héroe nacional. En la cúspide, Martí, en su justa dimensión. Bendito rincón donde Lezama también ocupa un lugar especial: “el maestro, un cubano universal, uno de los grandes escritores de este siglo”.

Y seguíamos hablando de Diego. Antes, “integrado al sistema”, alfabetizó y recogió café. Ahora, discriminado por su manifestación homosexual, pero tan cubano como todos, no quiere que nadie ocupe su país. Tal vez, el sentirse incomprendido y el ser objeto de burlas lo hayan llevado a su extremado gusto por el té de la India, bebiéndolo a las cinco de la tarde en tazas de porcelana de Sevres; o a esa costumbre de usar el kimono con sus símbolos japoneses; a adoptar modales y patrones completamente diferentes que lo llevan a una discreta imitación. En este punto están también “la bebida del enemigo”, la discriminación al negro, la subestimación a María Remolá o al Jilguero de Cienfuegos.

Pero, atención. Diego nunca olvida dar primero de beber a sus orishas, ni pedirle y ponerle girasoles a su Virgen de la Caridad del Cobre. No deja de escuchar al Benny, a Lecuona, a Cervantes (con quien se ve identificado con el título “Adiós a Cuba”). Cómo se disfruta de su “almuerzo lezamiano”, el premio mayor para quien haya logrado cultivarse. Todo esto, a pesar de los peligros que corre su propia identidad, debido a la marginación y a la mencionada intolerancia. Aplausos al joven “reaccionario”, en contra de todo oficialismo, a quien expone sus criterios sin tapujos; a quien, también, quiere conservar lo cubano.

Llegó el turno de David, el tímido, el inexperto, el solidario. El que no respetó su vocación de literato y decidió estudiar Ciencias Políticas. El prejuiciado (o el homofóbico) que no quiere que un homosexual lo salude por las calles.

El joven de la Juventud Comunista gusta también de la lectura, el teatro y las tradiciones. Prefiere el ron y el café. Es el otro protagonista de la película basada en el cuento de Senel Paz “El lobo, el bosque y el hombre nuevo”. Beneficiario de la retroalimentación que se maneja en la entrega cinematográfica, del crecimiento de un pensamiento; de la evolución de una conciencia que va reconociendo los valores y principios de Diego, echando a un lado sus heredados y arraigados tabúes.

Es así como comienza a gestarse una amistad, antes imposible, a través de la identificación de dos hombres que declaran sus principios, que comparten costumbres y tradiciones. Hijos de la misma patria.
Diego cultiva a David en las letras y en las artes. Le inyecta cultura. David conoce a los grandes de la literatura y de la música de Cuba y del resto del mundo. Aprende a leerlos y a escucharlos. Descubre a Zenea y se deleita con Radio Enciclopedia.

David, por su parte, le ofrece a Diego la confianza que este nunca había recibido de un hombre, de un amigo. El respeto por las diferencias, la aceptación, la tolerancia son resultantes de un filme sin una narrativa compleja, más bien asequible y conquistadora, que convida a la reflexión.

Y, así, contemplando y a acariciando el valor de la vieja Habana, desde sus calles, su arquitectura, sus vitrales, sus balcones; caminando o parados en El Morro, el homosexual y el comunista llegan al abrazo final, símbolo de la amistad, asumiendo, sin que régimen político alguno lo prohíba, que Cuba nos pertenece, aunque uno o el otro prefieran la fresa o el chocolate.

Afortunadamente, no nos quitaron de los cines (en aquellos horribles años noventa) esta película de indiscutible valor social, que critica la absurda y pública intolerancia, aunque lo hace desde una posición “muy inteligente”. Todavía hoy, para mí es motivo de un gratificante encuentro con dos amigos que, al despedirse aquella tarde, me anunciaron abiertamente que habían “salido del closet”. Para celebrar, pasarían por el coppelia, a ver si tenían la suerte de encontrar su sabor preferido. Sin embargo, nunca me atreví a decirles que en pocos días tomaría un vuelo con el mismo rumbo y el mismo dolor que el adiós de Diego.

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