Los Yankees de Nueva York: el Equipo de los Cubanos

Los Yankees de Nueva York: el Equipo de los Cubanos

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Eduardo Mora Basart

Desandar las calles de Nueva York es exponerse a los encantos de una ciudad que parece esquiva a quienes se resisten a considerarla la capital del mundo. Espacios como Broadway, el Empire State, el Parque Central o la Quinta Avenida, pletórica de maniquíes que evocan imborrables rostros como el de Susy Parker o Briggitte Bardot, traspolan lo efímero en eterno. Así viví esa ciudad. Desde los ancestrales y emblemáticos retratos neoyorquinos hasta la grandeza de museos como el de Historia Natural, Metropolitano o el de Arte Moderno, donde fue imborrable el encuentro con La persistencia de la memoria de Dalí, La noche estrellada de Van Gogh o Las señoritas de Avignon de Picasso.

Durante mi visita a la ciudad que nunca duerme, sin embargo, todos los sitios podían ser pospuestos menos uno. El cuartel general del equipo que en los años cincuenta llenó la vida de mi padre, junto a la de miles de cubanos: el Yankee Stadium. Por eso, aun cuando me sentía atrapado por portentos arquitectónicos como la poderosa mujer con una antorcha, como define Emma Lazarus a la Estatua de la Libertad, aquel situado en el Bronx me quitaba el sueño. No era el mismo inaugurado el 18 de abril de 1923 y suplantado en el 2009 por la segunda edificación más costosa en la historia del deporte, pero la aureola del mito la envuelve, como lo reafirmó el título de Serie Mundial logrado el año de su inauguración.

Hasta allí me llevó Adalberto. Un taxista dominicano a quien no pude atrapar en una conversación sobre Alex Rodríguez, Juan Marichal o Sammy Sosa. Como un maestro de la esgrima me sumió en una explicación detallada de los proyectos que tenía en su país después de jubilarse, sólo interrumpidos, de vez en vez, por una andanada de diatribas hacia quienes le robaron hacía sólo unas horas, parte de las gallinas que criaba en el patio de su madre en Santo Domingo y contra ellos arremetió con una canción del folclor dominicano: ti-ti manatí, ton-ton molondrón, roba la gallina, palo con ella.
En mi andar miles de recuerdos se agolpaban. Evoqué al amigo de la adolescencia que siempre decía: ninguno como el traje de los Yankees. El equipo neoyorkino era la Gran Manzana de los cubanos. Una tradición heredada de los años cincuenta: época de glorias. El equipo ganó seis Series Mundiales, 1950, 1951, 1952, 1953, 1956 y 1958, con un staff plagado de estrellas como Mickey Mantle, Whitey Ford, Yoghi Berra, Elston Howard, el primer jugador afroamericano de los Yanquis, y Roger Maris, el joven que pronto haría historia.

Era imposible recordar aquella época pasando inadvertida la jugada de Edmundo Sandy Amorós en la Serie Mundial de 1955. Su magistral fildeo en el sexto inning del séptimo juego catapulteó a los Dodgers hacia su primer título. Siempre escuché aquella historia matizada por una extraña mezcla de amor – dolor, pues si bien le sirvió a aquel cubano, negro, nacido en Pueblo Nuevo, Matanzas, para convertirse en leyenda, el magistral fildeo en el left field, completado con un certero tiro a Pee Wee Reese para doblar en primera a Gil Mc Dougal, petrificó a una generación. Fue una de las jugadas más comentadas en la historia del béisbol, calificada por Roy Campanella como la más grande en Series Mundiales y que, según mi padre, le arrancaba un suspiro de dolor siempre que se llevaba la máquina de afeitar Gillette a la cara. Quizás el mismo que condujo a Mickey Mantle a arremeter contra Amorós en su libro My favorite summer: 1956, a quien reprochó habérsele cargado a Yoghy Berra hacia la línea del left y fildear el batazo con una mano. (Ver video de la jugada al final de este trabajo).

En esa ocasión pudo más el fin que los medios. Como en aquella mañana invernal de 1984, cuando una obligada reparación se llevó el número 7 pintado a lápiz con la mayor pulcritud en una de las puertas de un closet en la casa de mis abuelos y que inmortalizaba al ídolo eterno: Mickey Mantle. Quien supo a través de un amigo de mi padre, a quien frecuento aquí en Miami, que uno de sus más grandes fieles era cubano. Aquella carta testimonio fue atesorada por años en una vetusta caja encargada de custodiar los bienes más preciados de la familia, inusitado depósito de rarezas, cuyo contenido no hubiera adivinado ni el viejo profesor Stengel, a quien mi padre bautizó como el mago Stengel.

Pero nadie conocía estas historias como el viejo radio RCA Víctor. En la década del sesenta él fue cómplice de mi padre, el Nene Guerrita y Filingo del Pino, quienes seguían juego a juego a los Yankees. La destreza de Filingo para los idiomas lo convertía en narrador exclusivo de los Yankees en el reparto La Flora. Aun cuando todos estaban convencidos de que su carrera no trascendería aquellos encuentros clandestinos.

Si se hablaba de narración deportiva Buck Canel era insuperable. Mi padre decía que podía dibujar las jugadas y tenía el don de hacer palidecer a la realidad. Me divertía escucharlo imitar su voz en tono engolado cuando se llegaba al séptimo inning, al propinarse un ponche o terminar una entrada retirando a los tres bateadores en su orden. Entonces decía: le tira y abanicando; estamos en el ining de la suerte, el lucky seven; se fue la entrada a paso de conga 1-2-3.

El tiempo lo envejece todo. Llega a carcomernos hasta el propio cerebro. Lo hizo con el radio RCA Víctor y con los protagonistas de estas historias, a quienes nunca faltó un pretexto para rememorar a sus ídolos de siempre. Aquel selecto grupo de estrellas donde también se inscribían Ángel Aragón, Armando Marsans, Willy Miranda, Luis Tiant y Pedro Ramos, todos jugadores de los Yankees en algún momento de sus vidas.

Ante el Yankee Stadium evoqué inolvidables momentos y conmigo se hizo realidad el sueño de grandes hombres como mi padre, Juan Antonio, el Nene, Filingo, Pinin, Armandito, Servilio, Charles, apasionados del béisbol, quienes me enseñaron que la vida es como un fly rompenubes hacia lo corto del center field, donde se debe correr siempre adelante, condición primigenia para que no nos traicione la mano enguantada del tiempo.

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