“La tremenda corte”, patrimonio de Cuba

“La tremenda corte”, patrimonio de Cuba

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Leticia Rodríguez

“¡Audiencia Pública! ¡El juez de la tremenda corte va a resolver un tremendo caso!” Así comenzaba el programa que, para muchas personas, ha sido la mejor comedia radial producida en Latinoamérica. Cómo pueden olvidarla quienes la disfrutaban en la Cuba de “aquella época” y en los demás países donde el programa se aclimató para ganar la simpatía de los radioyentes hasta el día de hoy. Por fortuna, varios sitios en internet se han afanado en no dejar morir la obra de arte ni a sus simpáticos personajes, los que forman parte del imaginario social y popular de los cubanos, con una gran carga simbólica; mucho menos a uno de los artistas más completos que ha parido Cuba. En la emisora Radio Martí, a propósito de un homenaje eterno, se escuchó decir en la voz de uno de sus locutores: “[…] posiblemente, el cómico más orgánico, espontáneo y ocurrente que ha dado la lengua hispana”. La crónica refleja el sentir de quienes todavía “se mean de la risa” con la comedia radial que les sirve de alimento al alma y a su bienestar espiritual. Porque no hay que olvidar que la risa es salud y que conforma la lista de los goces de la vida.

Hablo, sin duda alguna, de Leopoldo Fernández y de “La tremenda corte”. Quién podría desligar a José Candelario Trespatines de la comedia de enredos producida en La Habana desde 1942 hasta 1961, y que, después (porque siempre hay un después cuando de grandes artistas cubanos se trata)… bueno, ese después lo dejamos para después. De lo contrario, tendríamos que poner unos cuantos pesos de multa por semejante y despiadado olvidicidio a unos cuantos responsables. Aunque creo que lo mejor será dejarle este caso a Dios y a la Historia.

Pues bien, un tremendo juez de una tremenda corte estuvo resolviendo en esos veinte años tremendos casos. Y fue Cástor Vispo, un español nacionalizado cubano, el encargado de diseñar magistralmente las situaciones y los auténticos personajes que enriquecen a “La tremenda corte”, lo que permitió una gran empatía con el público. El teatro costumbrista, el teatro bufo de los inicios del XX, con el gallego, la mulata y el negrito dejaba entrever su estela. Se disfrutaba de diálogos deliciosos y relevantes entre Trespatines y los encargados de actuar como un perfecto complemento (el Juez, el Secretario, Luz María Nananina y el gallego Rudecindo Caldeiro y Escobiña). A través de las ondas radiales se esparcía un humor de lectura fácil, dada la sencillez de su argumento, que atrapaba a los oyentes en la magia expresiva de un género amado por el público.

Desde esta comedia de situaciones -desarrollada en el mismo escenario e involucrando a personajes recurrentes con características bien definidas y con originales frases que los reconocían-, se recibía un humor verbal con un enfoque auténticamente cubano, ya que el humor forma parte indiscutible de nuestros rasgos identitarios. “¡Aquí, como to’ los días!”, decía la gorda y populachera Nananina. “¡Presente!”, exclamaba el gallego Rudecindo. Y Trespatines, el encargado de regodearse en decir “lo indecible”, en reinterpretar las palabras y en tomarse la libertad de cambiarlas y “enriquecerlas” lingüística y morfológicamente -hasta caer en el absurdo-, obligaba a todos a reír con sólo irrumpir en el estrado con su antológico “¡A la reja!”

Los libretos nos situaban en una simpar corte correccional donde se trataban temas basados en episodios de la vida cotidiana, donde los chistes se relacionaban con lugares conocidos de La Habana (como el barrio de El Vedado o la Calzada de Jesús del Monte) o se hacía referencia a espacios tan populares de la época como el musical estelar “Casino de la Alegría”. En cada emisión se presentaba un caso que quedaba cerrado en el mismo capítulo, demostración temprana, en plenos años cuarenta del pasado siglo, de los cánones distintivos de la también llamada comedia de enredos; expresionista, por demás, con los galimatías, los retruécanos, la verborrea y la capacidad de improvisación de su protagonista, quien exageraba cada situación, para el bien del producto comunicativo.

Y, precisamente, José Candelario Trespatines, el personaje interpretado por Leopoldo Fernández, era el responsable de todas las fechorías que lo convertían en el centro de la parodia, en el epicentro de un humor muy cubano donde entraba en conflicto con los personajes secundarios, encargados de enriquecer la trama. Era esta una producción minimalista, por la cantidad de personajes que intervenían, pero, igualmente desbordante, por la calidad de esta sátira por antonomasia.

El actor que encarnó al desfachatado, pícaro, embustero recaudador de apuestas clandestinas, al que “cuando no estaba preso lo estaban buscando”, hizo gala de su histrionismo como lo que fue: una figura insuperable de la actuación en Cuba, en el mundo. Demostró su versatilidad a la hora de improvisar. Con un fantástico manejo del lenguaje callejero, tergiversaba los hechos para justificar sus culpas. Jamás dijo una obscenidad, una mala palabra. Se erigió como un prototipo del humor criollo.

Cuando se anunciaba “Ahora presentamos un regalo de buen humor para usted” y se decían los créditos del programa, el público sabía que una cadena de disparates le haría pasar un cuarto de hora, aproximadamente, riendo con las ocurrencias de José Candelario Trespatines. Lo mismo se le escuchaba decir no hay “liciente” ninguno, en vez de aliciente; que era un “rinoceronte”, en lugar de inocente; lo que “encontenció” por “aconteció”; “cacos” por “cascos” (de guayaba), etc. Y así seguía el trueque de palabras. La “sazón” por la “razón”; “enfilados” por “afiliados”; por “turismo”, “taurismo”; mes de “angosto”, etc. En alguna oportunidad, dijo que pertenecía al partido “Fu Man Chu”: “Fusión Mancomunada Chucheril”. En fin, que sabía enredar con sus engaños en la lengua de Cervantes.

Su contrafigura perfecta, la ideal, fue el Tremendo Juez. La voz resonante de Aníbal de Mar ponía el punto final cuando espetaba: “Escriba ahí, secretario. Venga la sentencia”. Entonces, llegaba la rima y la sentencia implacable. El juez ponía multas a todos los implicados en cada casicidio que, cada noche, se presentaba en el juzgado.

Esta comedia supo conectar con los radioyentes. La magia indiscutible de la radio dio vida a graciosas imágenes tornando las situaciones ordinarias en una fiesta que hizo del exquisito sentido del humor su invitado de honor.

A “La tremenda corte” hay que visualizarla como una gran escuela para los humoristas de los tiempos que corren. Cultivó y puso, a consideración de todos, un humor que no ofende, que ignoró el mal gusto, que elevó la creatividad, cerrando las puertas al ridículo. Un humor para nada agresivo ni hiriente. Un humor genuino, ingenioso, que se ríe de la vida. No olvidemos que la risa es un arma realmente efectiva con la que contamos los humanos.

Lo que fue diseñado como una pieza eminentemente cubana, sobrepasó las fronteras y fue aceptada con éxito en otros contextos, en este caso, por las audiencias de otros países latinoamericanos. “La tremenda corte” se universalizó y funcionó como un encargado cultural entre cubanos y latinoamericanos todos, en todos los lares.

Hasta el momento, he hablado en pasado, pero “La tremenda corte” sigue abierta. En el siglo XXI, en el cual, tan fácilmente, nos atrapan el estrés y la ansiedad, el público la sigue identificando como propia. El humor del programa que dirigieron y produjeron, en su momento, Francisco Álvarez de Lara (Paco Lara) y Miguel Yao no pasa de moda, ha sido asumido por varias generaciones de todos los acervos culturales. El hecho de que “La tremenda corte” se continúe escuchando en unos cuantos países -excepto en Cuba (oficialmente)- al cabo de tantos años, dinamiza la identificación con los radioyentes. Y eso es una muestra de lo eficaz que sigue siendo el diseño de este programa (transmitido en sus inicios por RHC Cadena Azul y, un tiempo después, desde el Salón Auditorio del Circuito Radial CMQ), que aleja las preocupaciones y funciona como una especie de higiene mental, como un linimento para el espíritu. Quienes aún lo escuchan, se sienten identificados con aquel pasado costumbrista, con la calidad de un programa radial, por su contenido y por su elenco artístico de primera línea -dotado con mucha chispa- que se comprometió con su público. Según se cuenta, unas 300 grabaciones se sacaron de Cuba y las que todavía se escuchan en toda Latinoamérica son, en su mayoría, del año 1958.

Los que ahora nos “matamos de la risa” con este programa tan divertido y sano, lo hacemos en memoria de los padres y abuelos que ya no están, y como reclamo de las generaciones de cubanos a las que se nos privó de disfrutar del arte de Leopoldo Fernández (Trespatines), Aníbal de Mar (el Tremendo Juez), Mimí Cal (Luz María Nananina), Adolfo Otero (Rudecindo Caldeiro y Escobiña) y Miguel Herrera (el Secretario) en nuestra amada Cuba.

“La tremenda corte” ha contribuido, después de más de setenta años de su salida al aire, a mantener unida a la familia latinoamericana, a la hora del almuerzo o de la cena, en los momentos de su transmisión. Es un ícono de los medios de comunicación en nuestro continente que mantiene latente un pasado que ha dejado el más dulce sabor, gracias a que ha trascendido de generación en generación. Aquí se dicta la sentencia: “La tremenda corte” y sus artistas son parte de la herencia que no puede expropiarse a nuestra idiosincrasia cubana.

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