La digestión de una ciudad: primeras 48 horas en Miami

La digestión de una ciudad: primeras 48 horas en Miami

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Abel FL Berriz

Dos de junio. Es temprano en la mañana y estamos todos en el aeropuerto. Por “todos” se entiende la familia. Los amigos quedaron atrás, en la fiesta de la noche anterior. Nadie quiso llorar. Hace mucho tiempo que nadie se va para siempre. Incluso si no se regresa, hay correo electrónico, facebook, planes telefónicos para llamar a Cuba. El mundo no es tan ancho y ajeno como solía serlo años atrás.

La familia, sin embargo, espera con cierta tensión. Hacemos bromas, compartimos un café, alguien propone una última cerveza. La última cerveza cubana. En unas horas, ya no habrá más Bucanero. Solo Budweiser, o quién sabe. Bebemos entre risas. Es una situación un tanto incómoda. Nadie quiere soltar el abrazo, pero se va acercando la hora de decir adiós.

Entramos al aeropuerto. Hay una fila para chequear. El nerviosismo comienza a hacer estragos. Siempre se espera que algo salga mal, que todo sea un error. Igual en la fila de la aduana. Comienzan las preguntas: ¿está todo en regla? ¿faltará algún papel? Sorprendentemente, no falta nada. No estamos en ninguna lista negra. El equipaje no es excesivo. Cuando pasamos el escáner, sin embargo, una oficial de la aduana nota que llevo un montón de libros en mi maleta. Son libros míos. Es decir, escritos por mí. Llevan mi nombre en la cubierta. Abro la maleta. La oficial comprueba, chequeando mi pasaporte, que, en verdad, soy el autor de los libros. Me dice que a ella le gusta leer. Le regalo un libro como cortesía. Se lo dedico, aquí y ahora, aeropuerto, dos de junio. Quizá el último libro que dedique en La Habana.

Ahora toca esperar. La espera más larga. Doy una vuelta por las tiendas, a ver si hay algo comprable con el poco efectivo que llevo en el bolsillo. La tienda del duty free es una broma. ¿Quién va a comprar una botella de Havana Club para llevar a Miami? Miro alrededor. Casi todos mis compañeros de viaje llevan botellas de Havana Club, cajas de Cohiba, cigarrillos cubanos. La nostalgia es un buen negocio. También la ansiedad. Tengo muchísimas ganas de fumar, pero ya no se puede.

Al fin llaman a la puerta. Aún estoy nervioso. Tengo miedo de que en algún punto me digan que mi equipaje de mano es demasiado grande. Tendré entonces que dejar algo atrás. Algo más de lo que ya he dejado. Pero no. Hay, incluso, unas muchachas con guitarras en sus estuches. Si ellas pasan esos enormes estuches como equipaje de mano, ¿por qué no podré yo?

Finalmente, el avión. El sol quema insoportablemente en el trayecto hasta la escalerilla. Por suerte, casi todo el mundo tiene prisa. Alguno, sin embargo, se detiene un instante para besar el suelo antes de subir al avión. Me pregunto si alguien lleva un poco de tierra en una bolsa de nylon. Tierra de su patio. Tierra de algún rincón del que no quieren desprenderse. Comparado con ellos, yo voy ligero. Todo lo que llevo conmigo es mi historia personal, una colección de porciones de lo que he logrado construir con mi vida. El resto es polvo, cenizas, bruma, nada.

El avión tarda en arrancar. Aún hay zozobra. Hay quien dice que, incluso encima del avión, pueden venir a buscarte y hacerte bajar. Mientras este aparato no despegue, no hay nada seguro. Nada escrito en la roca. Se encienden, finalmente, los motores. Avanzamos. La máquina da unas vueltas sobre la pista y de un brinco abandona el suelo. Ese salto ya no me emociona. Quizá he perdido la capacidad de emocionarme.

La ciudad desde arriba, alejándose cada vez más. Empequeñeciéndose. La ciudad se vuelve un punto diminuto. El país se transforma en una mancha verde allá abajo. El país del mar devora todo el horizonte. El país de las nubes cubre al país del mar.

Aparecen otras islas en el horizonte. Otra masa verde. Más adelante, algo que parece un continente. Una ciudad se alza allá, a lo lejos. Este es un viaje breve, más breve que ir de una punta a la otra de la Isla. La ciudad de Miami, o, en fin, algo que promete ser Miami, se va materializando poco a poco. Desde acá arriba, se ve la mancha gris de los pantanos. El país se asemeja a un monstruo enorme, un monstruo gris de fango y agua cenagosa. La ciudad crece, como espinas que surgen del pantano. El avión da unas vueltas, esquivando turbulencias. Veo Miami Beach, la playa, mi hogar futuro que me espera.
El aeropuerto. Parece grande. No tan inmenso como el de Toronto o el de Ámsterdam, pero, definitivamente, más grande que el de La Habana. El piloto nos habla. Dice algo de un aterrizaje con prisas. La turbulencia engulle el cielo sobre la ciudad y hay que bajarse pronto de la nube. La pista va acercándose. La pista gris, como el pantano, se hace sólida y colisiona con las ruedas del avión. Se detienen los motores. La gente exclama, aplaude. El cuerpo estrecho de la nave se llena de gritos de júbilo mientras se abre la puerta.

Caminar, arrastrando el peso del cuerpo, por la manga que une el avión al edificio, como un cordón umbilical. Como un útero. Salgo del útero hacia la luz. Hay señales por doquier indicando hacia dónde debemos ir, pero estoy algo aturdido, desorientado. Un hombre en la puerta nos pregunta. Mira nuestros papeles. Asiente e indica con la mano. El hombre habla español con inconfundible acento cubano. Hay una escalera eléctrica que no funciona. ¿Estás seguro de que ya no estás en Cuba?

La sala de la aduana. Esperar. Nos han dicho que esta espera puede durar cinco horas. Yo no puedo esperar tanto. Necesito salir afuera, probar el aire puro y contaminar un poco mis pulmones. Necesito fumar. Mi teléfono no funciona aquí. No puedo conectarme a internet. Estoy aislado, como un recién nacido que aún no comprende el mundo. El oficial de la aduana también es cubano. Va repartiendo a la gente aquí y allá. Escucho nombres como Homestead, Kendall, South West, Little Havana, Hialeah. No significan nada para mí. No puedo ubicarlos en el mapa. Me pongo a leer mientras espero mi turno.
Al fin se abren las puertas. Hay un pasillo y otra puerta, otro pasillo y así. Camino durante horas, quizá, o días, o siglos. El camino parece eterno. Llego a donde están mis maletas. En la puerta de afuera está mi padre, esperando. La calle, al fin, el aire. Enciendo un cigarrillo, después del abrazo.
Las horas corren. El carro se desplaza por el expressway. Los edificios siguen alzándose como colmillos que le nacen a la tierra. Colmillos que intentan morder algo que no puedo ver. El expressway se transforma en un puente sobre la bahía. Del otro lado, mi nueva isla. Quizá no estoy apto para vivir en un continente. Tengo que desplazarme de trozo en trozo de tierra. Necesito siempre estar rodeado de mar.

Todo parece nuevo alrededor. Todo es nuevo. Soy incapaz de ver los descorchados en los muros, el moho que cubre los resquicios, el polvo que se acumula, dócil, sobre el pavimento.

El apartamento huele exactamente igual como me imaginaba. Es ese olor que me recuerda a un hogar que nunca tuve. La luz se parece a la de mis recuerdos. El contacto de mis pies descalzos con la moqueta me hace sentir en paz. Puedo vivir aquí. Puedo decir: “esta es mi casa”. Al menos por un tiempo.
Comemos con prisas. Vamos a salir a la calle. Ya habrá tiempo de descansar. El carro otra vez, el puente, el expressway. Voy ubicándome, conociendo dónde están las cosas -mi baño, el South West, la cocina, Coral Gables, la sala, el Downtown, el balcón, Miami Beach. Llegamos hasta Kendall. Hay un sitio llamado Ciboney, donde mi padre lee historias sobre Cuba, y un conjunto toca música tradicional. Conozco casi todas las canciones. Hay el ambiente agridulce de la fiesta con nostalgia. Aún no me acostumbro a la idea de que este es otro país.

Salgo a la calle. Quiero fumar, pero he perdido la fosforera en algún sitio. Tengo una zippo sin combustible. Pregunto en una gasolinera, a ver si tienen con qué rellenarla. Alguien me dice algo del Publix. No sé qué es Publix. Conozco Walmart, Sears, Walgreen, los he visto en otras partes. Entro al Publix y me pongo a buscar por los pasillos. De repente, cruzo miradas con un rostro familiar. Una amiga del barrio, de la infancia, empuja un coche con un niño. Hace años que no nos veíamos. Nos abrazamos, reímos, intercambiamos teléfonos. Su tía –también del barrio– casi que acaba de llegar. Todo el mundo está aquí, parece. ¿Algo ha cambiado? Estamos en un Publix. Eso ha cambiado. Por lo demás, nada. Es hora de volver a casa y a dormir.

Abro los ojos, al día siguiente. Salgo al balcón, a reconocer el paisaje. La bahía, los edificios, los árboles, todo parece nuevo y viejo a la vez. El calor es el mismo, aquí afuera. Los colores, idénticos. Solo los edificios del Downtown, allá lejos, son más altos. Es hora de hacer trabajar al teléfono, decirle a todos que estamos aquí. También hay mucho por hacer -una lista inmensa-. Hay que ir a la oficina del Children & Family, a la del Social Security, al Workforce. Hay que sacar la cita para las vacunas, para el permiso de trabajo. Hay papeles que legalizar, documentos que solicitar, procesos que seguir. También hay que visitar a la familia. Es demasiada información. Me aturdo. Sin embargo, en la noche hay fiesta. Hemos quedado con los amigos, los que están aquí en Miami. No son pocos.

Alguien dijo una vez que “Miami es la capital de todos los cubanos”, parafraseando un cartel que da la bienvenida a La Habana. Es cierto. Aquí hay gente que no veía desde hace años. Mi barrio de Víbora Park se ha mudado casi entero a este lado. En la fiesta de despedida había menos gente que en la de recibimiento. Vamos al Burguerfi de la esquina, que promete slow food y draft beer. El inglés se va colando en la conversación. Una mesa para diez, por favor, afuera, si es posible. Quizá venga más gente, si pueden. Las distancias en Miami son enormes. La gente vive lejos una de otra. Pero la distancia se acorta. Todo el mundo está alegre. Todos tienen algo que decir. A alguien se le ocurre la idea de ir a Wyndwood.

El Midtown parece Centro Habana, el Cerro, qué sé yo. Pero más colorido, con más vida. La noche está llena de luces, de olores, de sabores que se mezclan con el aire. Vamos a Woods, si no está demasiado lleno. Hay una fila larga. Mejor vamos a Gramps. En el patio de Gramps hay unos ventiladores que atomizan el agua. Hace calor, pero la cerveza está buena, y la música es movida. ¿Qué cerveza es esta? Yuengling’s. Se parece a la Bucanero. La declaramos en seguida nuestra nueva cerveza favorita. No hay tiempo de pensar en lo que ha quedado atrás. La ciudad nos va absorbiendo poco a poco.
A la mañana siguiente, salgo al balcón y contemplo los edificios.

Ahora entiendo qué es lo que mastican todos esos colmillos.

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