La Ermita de la Caridad

La Ermita de la Caridad

0

Daniel Shoer Roth

El lugar es un imán que atrae y acoge a las almas en sus tribulaciones, anhelos y celebraciones. Los peregrinos que allí acuden están sedientos del amor de una Madre celestial, la Virgen de la Caridad. Proceden del área metropolitana de Miami e igualmente de lugares remotos. Llegan con el fardo de tristezas o abundancia de alegrías, henchidos de vida o con la vida vencida. Se asoman con humildad o todavía con soberbia. Los hay creyentes firmes y también advenedizos en la fe. Algunos son de estricta práctica católica romana, mas no faltan los sincréticos.

Se trata del Santuario Nacional Ermita de la Caridad de Miami, emblemático templo contiguo al mar que conecta la diáspora de los fieles cubanos con su cuna natal, y con el hallazgo de la imagen de Nuestra Señora del Cobre, sinónimo del propio ser del pueblo cubano, hace más de cuatrocientos años en las turquesas aguas de la Bahía de Nipe, en la costa nororiental de la isla.

La Ermita es un símbolo de la fe católica, no solo para los cubanos, sino para los miamenses de todas las nacionalidades hispanoamericanas. En celebraciones litúrgicas y ejercicios de piedad popular, los católicos viven la caridad y materializan obras de misericordia. Pero, además de fungir como motor de la enseñanza evangélica, esta iglesia ha adoptado una función cultural de primer orden en la historia del exilio como punto central en los descomunales esfuerzos por recibir y ayudar a oleadas de inmigrantes escapados de sus países por razones políticas, económicas o de seguridad personal.

Desde su fundación, millones de creyentes han recibido los sacramentos, se han enriquecido con la predicación y alimentado con la Eucaristía. Rebasando las fronteras del catolicismo, esta casa de oración atrae a cristianos de diversas confesiones y a seguidores de religiones afrocubanas, así como a turistas seducidos por la belleza del paraje, un entorno pacífico.

Balseros cubanos llegan a rendir tributo a la Virgen si se salvan de las arriesgadas travesías por el Estrecho de la Florida o, si perecen, son familiares y amigos quienes acuden a orar por las almas desaparecidas en altamar. Otros emigrados, más dichosos, que pisan por vez primera suelo libre en el Aeropuerto de Miami, no demoran en serpentear las calles de la ciudad para celebrar con “Cachita” el Sueño Americano. Cubanos en otras ciudades de Estados Unidos y el mundo que viajan a Miami, dan inicio a sus visitas en esta colonia de devotos, donde encuentran una calurosa acogida.

A raíz de todo esto, Monseñor Agustín Román, el querido y desaparecido fundador y primer capellán del santuario, solía decir, en alegoría al vestigio del Templo de Jerusalén, que la Ermita es “el Muro de las Lamentaciones del exilio cubano”.

Génesis y evolución del hogar de la Patrona

Asentado en este santuario floridano vive un episodio de la historia de un pueblo que acompañó a su admirado líder haciendo prodigio de valor y laboró, de sol a sol, por una causa común.

Corría 1966 cuando el entonces Obispo de Miami, Coleman Carroll, apremió a los fieles cubanos a edificar un santuario en honor a Nuestra Señora de la Caridad en un terreno colindante al Hospital Mercy donado por la Diócesis. Los creyentes habían llevado al destierro esa gran riqueza suya: la devoción a su Patrona, la Virgen de la Caridad, nacida al calor de la tierra cubana. En ellos recaía ahora el compromiso de recaudar los fondos para cristalizar el proyecto.

De “kilo prieto en kilo prieto” –de centavo en centavo– los cubanos, que con dificultad podían sobrevivir, ordeñaron su pobreza y aportaron sus kilos prietos (así se llamaba en Cuba a la moneda norteamericana de un centavo) para ver cumplido un sueño. Un manantial de generosidad se derramó abriendo un nuevo cielo, con el anhelo de que la Caridad los cubriera bajo su manto.

Los servicios religiosos se efectuaron en una capillita provisional a partir de 1967. Pronto comenzaron las peregrinaciones de los feligreses ordenadas en torno a municipios de origen –126 en total–, siguiendo el modelo de los Municipios de Cuba en el Exilio. También se organizaron las romerías, festivos programas vinculados al santoral de la fe católica que avivaron las tradiciones más ricas y con más arraigo en el alma de los cubanos. Este caudal de actividades fue obra de un ferviente laicado, un ejército de servidores agrupados bajo la Cofradía de la Ermita, motor de la edificación del santuario y de la divulgación del mensaje mariano.

El momento anhelado llegó la tarde del 2 de diciembre de 1973. Envueltos en un aura de gratitud y ondeando banderitas cubanas, miles de personas se congregaron en la dedicación del santuario, cuya forma arquitectónica imita la silueta del manto de la Virgen.

Entronizada en el altar, se encumbra una tierna imagen de la Virgen de la Caridad traída clandestinamente de la isla en los albores del exilio. Más abajo, destaca la primera piedra del templo, fabricada con tierra y piedras de las seis antiguas provincias cubanas; amasada con el agua de un bidón hallado en una embarcación de migrantes cubanos que arribó a la península sin tripulantes ni pasajeros.

A partir de entonces, cada año, más de medio millón de peregrinos visita la Ermita, proclamada, en el umbral del nuevo milenio, “Santuario Nacional” (National Shrine) por la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos como tributo a su legado comunitario y ministerio internacional. Detrás de la iglesia, se inauguró en 2012 una pequeña réplica del Malecón de La Habana, de unos 400 pies, donde antes había un muro de contención. Es un símbolo nostálgico y punto de comunión entre los cubanos, profesen o no el credo católico.

Los emigrados meditan en la orilla evocando la topografía de la isla y su atmósfera caribeña. Cuando el golpe de las olas suspende el silencio, la claridad estalla y las lágrimas huyen. En los latidos del pecho el Creador los visita.

Encuentro con la identidad cultural

Entre los cubanos que más atesoran hermosas vivencias en la Ermita figura Gina Nieto. Es una de las pioneras del santuario y primera coordinadora, junto a su difunto esposo Tarsicio, de la Cofradía hacia finales de los años sesenta y principios de los setenta. Como la rudimentaria capillita original carecía de espacio suficiente para los voluntarios reunirse, los Nieto facilitaron el garaje de su hogar en Hialeah a modo de oficina.

“Se creó un grupo que éramos como familia –recuerda Nieto–. Todavía en la actualidad, los viejos que quedamos de esa época seguimos en contacto y nos fuimos uniendo a los que fueron entrando. En la Ermita no se le daba calor a las cosas. Ahí las cosas se pensaban y se hacían. Así, en el momento”.

La esmerada labor de aquellos fundadores permite a los inmigrantes más recientes disfrutar de este refugio espiritual, del espacio más sagrado de la nacionalidad cubana fuera de la añorada patria.

Oscar Alfara, cubano de 25 años, no tenía ni un mes de haberse radicado en Miami cuando acudió a la Ermita. “Aquí encontré la paz; sentí una energía positiva –señaló emocionado al salir de la misa dominical–. Este es un refugio, es nuestro templo, y lo usamos para expresar nuestros sentimientos, nuestras penas, nuestras ambiciones”.

El joven destacó: “Hace mucho tiempo que deseaba conocer este lugar porque es una necesidad. Esto es parte de mis raíces. Me siento representado aquí, yo, mi país, mi cultura”.

Raúl y María Teresa López escogieron renovar en la Ermita sus votos matrimoniales, celebrando 59 años de casados. Reafirmaron el juramento de amor eterno, compromiso y fidelidad ante un sacerdote cubano residente en la isla que visitaba la ciudad. El santuario miamense sirve de eslabón entre las iglesias de Estados Unidos y Cuba; por lo tanto, es habitual la participación de miembros del clero cubano en los servicios litúrgicos.

La pareja ha sido activa en el grupo de seglares durante tres lustros. “Soy cubano de origen y ahora también soy americano –explicó Raúl, de 83 años–. Para los que vamos allí, la Ermita tiene un significado muy especial. Es un sitio demasiado acogedor, demasiado rico. Vas a cualquier hora y está llena de gente proveniente de todas partes, que van a llevar flores y saludos a la Virgen. Todo eso le da un sentido más ecuménico. Además, para los católicos tiene muchas ventajas, pues te puedes confesar a diversas horas del día y hay varias misas”.

Levantada con los sudores y lágrimas del destierro, con la humildad, sencillez y pobreza de los voluntarios, la Ermita nutre cada día la existencia de los cubanos en la diáspora y plasma su religiosidad popular. Visitándola, las generaciones futuras jamás olvidarán que la fe de un pueblo, en palabras bíblicas, movió montañas.

Y usted, ¿qué experiencias ha vivido en la Ermita de la Caridad? Compártalo aquí.

Daniel Shoer Roth es el autor de la biografía autorizada de Monseñor Agustín Román “Pastor, Profeta, Patriarca”, publicada por el Santuario Ermita de la Caridad.

Your email address will not be published. Required fields are marked *