Francia desde el Tivolí

Francia desde el Tivolí

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Leticia Rodríguez

Si desde el Tivolí no se ve el mar…

El Tivolí, Santiago, Cuba… El barrio de raigambre singular, la ciudad majestuosa, la patria y su amalgama de razas y culturas.

En el Tivolí, ese barrio santiaguero, real y maravilloso, se respira el “aliento francés”. La frase la tomé prestada del libro Presencia francesa e identidad urbana en Santiago de Cuba, de la Doctora María Elena Orozco Melgar.

Caminar por las arterias empinadas o por los callejones de una de las barriadas más populosas del Santiago que conozco bien; admirar los vestigios de unas rejas, perfecta y profusamente trabajadas en la calle Gallo, o atreverse a subir la célebre escalinata de Padre Pico, es reivindicar la impronta parisina de la cultura cubana.

Eternamente, los santiagueros agradecemos al curso de la historia por ese ingrediente que se hizo imprescindible y que nos convirtió en auténticos caribeños.

Desde Saint Domingue y desde Francia llegaron con sus fortunas, huyendo, cientos de miles de hombres y mujeres, de la aristocracia unos, colonos con sus esclavos otros, y también alguno acompañado solamente por el corazón atiborrado de esperanza, para recomenzar en este otro pedazo de Caribe. La Revolución Francesa de 1789 también tuvo su repercusión en Cuba. Como consecuencia, nos ató con un lazo muy especial.

Desde finales del siglo XVIII, con la Revolución de Haití, en 1791 -la primera revolución del área-, arribó a Santiago de Cuba una cultura distinta a la criolla y a la española. A la asimilación cultural ya existente se sumó, entonces, la cultura franco-haitiana, un fenómeno migratorio cuyo mayor estremecimiento fue el cultural. Pero se presentó, además, desde las aristas etnográfica, antropológica, demográfica y sociológica.

El siglo XIX se estrenaba con la mayor oleada de inmigrantes franceses y haitianos. Fue la región suroriental de la isla (Santiago de Cuba y Guantánamo) la que recibió el mayor número de ellos.
Me guio por los apuntes de Don Emilio Bacardí en sus Crónicas de Santiago de Cuba, a los que hace referencia Alain Yacou en su trabajo “Presencia Francesa en Cuba a raíz de la Revolución de Haití (1790-1809)”. Yacou, investigador del Centro de Estudios y de Investigaciones Caribeñas de la Universidad de las Antillas y Guyana francesas, expone que, a través de las crónicas de Bacardí, se conoce que, en Santiago de Cuba, para 1792, había unas 1 500 personas y, ya en 1808, se había multiplicado esta cifra hasta alcanzar la cantidad de 20 000.
Los recién llegados a formar parte de nuestro ajiaco cultural también se asentaron en otras regiones como Holguín, Cienfuegos, Matanzas y Pinar del Río.

A este fenómeno me ha gustado llamarle “el milagro francés en Santiago de Cuba”, prodigio que se reveló en la pintoresca ciudad (nunca mejor dicho) en la figura de comerciantes, carpinteros, artesanos, ebanistas, panaderos, herreros, fotógrafos, dulceros, zapateros, talabarteros, médicos, militares y en cuanto oficio y profesión existieran para enriquecer la cotidianidad santiaguera. Al sur de la urbe, en la zona alta, la huella francesa llegó para quedarse y entrar en el juego del sincretismo cultural del que somos hijos, con un descuello manifiesto sobre la hispánica.

El impetuoso influjo franco-haitiano, acompañado en todo momento por su afanoso espíritu, acaparó todas las manifestaciones del arte y la literatura, la arquitectura, la gastronomía, los gustos, la religión, el mobiliario, la moda y los modos de vida.

No existe, en Cuba, ciudad ni barrio tan privilegiado como el Tivolí, nombre acriollado que tiene su original en Le Tivoli, que evoca aquel café concert, en las alturas de Loma Hueca, donde se reunían unas 300 personas para protagonizar el refinamiento cultural de una época en la que las lecturas de actualidad sobre disímiles temáticas del viejo continente formaban parte del pasatiempo de los que allí vivían. Este período produjo una transformación, en el pensamiento del santiaguero, bien avenida a las costumbres burguesas de los europeos. Y, por supuesto, la época caló hondo en la intelectualidad cubana, debido a la influencia de las ideas de aquella Revolución Francesa.

En la médula de los habitantes del Santiago de cinco siglos, perdura el recuerdo de las academias para estudiar el idioma francés, de las escuelas de dibujo, de corte y costura, de baile y de música. No olvido que un gran amigo alardea, como santiaguero al fin, que el Tivolí, “en su época”, fue el barrio con mayor cantidad de pianos en toda Cuba. ¡Qué maravilla! Y otro amigo, médico de profesión, desea subirse a la máquina del tiempo para ser uno de los doctores galos que se inscribieron en Cuba para ejercer con las técnicas de los tiempos que corrían en las conocidas casas de salud.

A la cocina francesa, aplatanada en el huracán de sabores que nos envuelve, le debemos la yuca con mojo, el congrí, las salsas (como la de Béchamel), la fritura de bacalao, el fricasé, el ponche, la tostada francesa, la harina de maíz dulce o salada, el pan de flauta, el aporreado de carne, el uso de condimentos como la pimienta dulce y el orégano…

Lo de la influencia francesa fue algo muy serio. Como le cuento, desde Francia llegaban los cocineros para encargarse, con categórica exquisitez, de la elaboración de la comida en las casas de las familias pudientes.

La ciudad también hacía pública su modernidad a través de la arquitectura. Las construcciones domésticas fueron fieles exponentes de lo que la burguesía santiaguera necesitaba lucir al mundo. El rastro francés se seguía en el mobiliario importado desde París, por ejemplo, de estilo Imperio, y en la decoración interior y exterior de estas viviendas. Proliferaron las persianas francesas, los enchapes de madera, las bibliotecas y los gabinetes. Se advirtieron los grandes espacios en las casas para que las damas y los caballeros del afrancesado barrio de techos rojos hicieran parte de la vida social con banquetes, tertulias o conciertos. A la distinción y costumbres francesas debemos la independencia del cuarto de baño y la colocación de las plumas de agua (así le decimos los santiagueros a la llave) al hacerse el acueducto. Gracias a El universo material de la vida doméstica de la élite de Santiago de Cuba entre 1830 y 1868, de la doctora Aida Morales Tejeda, se conoce más sobre estos temas.

Pero hablar de la presencia franco haitiana en Santiago de Cuba sin mencionar a la Sociedad de Tumba Francesa La Caridad de Oriente, obra maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad (declarada así por la UNESCO en 2003), no puede concebirse. En la calle Los Maceo, esquina a San Bartolomé, siguen danzantes los espíritus de la familia Benet-Danger y de la inolvidable Tecla, la reina del canto en la agrupación portadora de una expresión auténtica de nuestra cultura tradicional y popular. En la Sociedad Lafayette, fundada el 24 de febrero de 1862, tiene sus raíces La Caridad de Oriente, y hoy continúa su historia con los mismos cantos, toques y bailes que los esclavos domésticos ejecutaban los días de los santos patronos con los atuendos a la usanza de la corte de Versalles. Hablo de este legado cultural y tomo prestada la cita de Fernando Ortíz, que la investigadora santiaguera Laura Cruz Ríos publicara en la Revista Excelencias:

[…] producto previamente mestizado que adquiere entre nosotros nuevos matices al entrar en contacto con la cultura que se gestaba: la cubana. […] se fundían la sangre y los pigmentos y se unía en una misma riqueza la blanca azúcar y el negro café. La Tumba Francesa constituye un importante capítulo del folklore Nacional de Cuba, de sorprendente vitalidad. Su música es bella, sus ritmos son peculiares y muy atractivos, sus melodías tienen el arcaico bouquet francés como el viejo
rhum haitiano o el eau de vie colonial de los tiempos napoleónicos.

El alza demográfica en Santiago de Cuba, debida a la llegada de franceses y haitianos, no solo se manifestó en el ambiente citadino (el que se tornó más atractivo y moderno y vio potenciada su urbanización). Se evidenció, además, en las montañas, a través de la proeza económica que llevaron adelante los amos franceses y sus dotaciones de esclavos, dinamización que repercutió en el sudeste del archipiélago con un cometido agroindustrial que se ha eternizado como parte del legado de la cultura material a nivel mundial.

La Isabelica, Fraternidad, El Olimpo, San Juan de Escocia, La Idalia, San Sebastián, Tres Arroyos y Visitación son los nombres de algunas de las 171 haciendas-cafetales franceses ubicados en el Sitio Cultural Paisaje Arqueológico de las Primeras Plantaciones de Café en el Sudeste de Cuba. De ellas, 139 pertenecen a Santiago y 32 a Guantánamo. Y, otra vez, me doy en el pecho. Patrimonio Cultural de la Humanidad también son estas ruinas, desde 1999, testigos mudos de una forma económica singular, de una forma pionera de agricultura que repercutió en la sociedad santiaguera, verdaderas obras de ingeniería que probaron el espíritu emprendedor, la sapiencia y la experiencia de los franceses aplatanados y, de la misma manera, de la fortaleza de los esclavos haitianos. El hacendado francés supo adaptarse a la ruda topografía y sacarle los mayores frutos a una naturaleza apacible en la que satisfizo las necesidades de su industria cafetalera, de la muy nuestra.

Una mujer apasionada por la investigación de muchos aspectos que prueban nuestra cubanía, la arquitecta (guantanamera-santiaguera) Marta Elena Lora Álvarez, en referencia a los antiguos cafetales franceses escribió una vez, antes de su adiós definitivo:

Por varias referencias de la época y con el análisis de las evidencias arquitectónicas que han llegado a la actualidad, puede asegurarse que las haciendas cafetaleras constituyeron monumentos de la ingeniería hidráulica, vial, de la arquitectura doméstica y productiva, que revelan la maestría de los ingenieros, alarifes, carpinteros y mano de obra esclava.

Los santiagueros nos sentimos más cubanos al sabernos franceses y haitianos por muchas partes. Esos ingredientes étnicos son esenciales en nuestra cultura y nuestra identidad, como lo son, también, el africano y el español -y otros más, no crea que los olvido.

Entonces -hablando de franceses- recuerdo los apellidos de algunos amigos y conocidos que no caben de contentos por tener una “rama francesa” en su árbol genealógico (aunque no sepan con exactitud de dónde son los abuelos. Pero, esa “elegancia” no se la quita nadie). En ese grupo están: Kindelán, Arnaud, Durand, Lefebre, Bertrand, Lambert, Brunet, Giraud, Dupuy, Deschamps, Guillot, Mallet, Leveque, Guibert, Vaillant, Laborde, Fabre, Despaigne… y muchos más.

Tal vez usted sea uno de los descendientes de los franceses y haitianos que nuestra Cuba arropó y a quienes tanto les debemos, en lo cultural, en lo social, en lo espiritual, en lo humano. En este instante, le propongo celebrar ese encuentro y fusión de hace más de dos siglos. Desde un balcón añejo del Tivolí, brindemos con “crema de vie”, admiremos el paisaje y completemos el verso que obsequió a los santiagueros y al mundo el poeta Waldo Leyva:


si desde el Tivolí no se ve el mar
si hay alguna ventana
que no se haya abierto nunca a las guitarras
si no encuentras ninguna puerta abierta
puedes decir entonces que Santiago no existe.

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