Emigrar no es jamón

Emigrar no es jamón

1

Mylene Hernandez

Emigrar no es jamón. Para nosotros los cubanos, la palabra-acto-acción de abandonar nuestro país ya debe ser parte de nuestra genética, debido a la emigración constante que ha sufrido nuestro país durante más de medio siglo. Pero emigrar es una cosa seria. Abandonar tu país es abandonar la tierra conocida, tu zona de confort, más allá de lo doloroso que resulta, en nuestra cultura, alejarnos de familiares, amigos, costumbres, comidas y sonidos. Emigrar es dejar atrás todo lo que eres y correr detrás de una quimera. Es tener el valor de lanzarte a un vacío, aunque sea saliendo de otro. Es aprender a vivir de otra forma, bajo otras reglas. Crecer a lo macho, pues abandonas todo lo que te es amado, todo lo que sabes y te queda cómodo para transportarte a un nuevo lugar con nuevas reglas, en otra cultura, quizás con otro idioma, y volver a comenzar.

Este es un viaje personal donde se puede ganar mucho, ampliar horizontes, aprender nuevas lenguas y diferentes formas de vivir. Es una mudanza cultural que le lleva a cualquier ser humano un periodo de adaptación que va entre los 5 y los 10 años, según el lugar o la persona, pues en esta fórmula no hay valores exactos. Tampoco es algo para todos. Hay quienes fracasan en el intento, ya que este es un proceso físico y psicológico que puede ser muy exigente desde la parte emocional. Y la angustia y sensación de pérdida de los primeros tiempos puede resultar asfixiante e incontrolable para algunas personas. Pero, aunque doloroso, también es un proceso lindo y de crecimiento. Si alguien, alguna vez, desde dentro de Cuba, te preguntó cómo es esto acá afuera, probablemente hayas respondido que es difícil, pero que vale la pena.  

Hoy en día, el tema de emigrar de Cuba ha sufrido cambios y cierta flexibilización, si se compara con lo que tenían que sufrir hace un tiempo atrás nuestros emigrantes, a quienes se les impedía el regreso una vez que decidían partir de la isla. Durante aquellos años, la sensación de pérdida era mayor, pues abandonaban el país con la idea de que no regresarían jamás. Emigrar de Cuba era un acto de valentía y desespero absoluto. Hoy, por suerte para nuestros coterráneos, muchos pueden regresar. No por la benevolencia de un país que se niega a reconocer a sus hijos perdidos, sino por el interés de las autoridades por recaudar dólares para su economía. Pero nosotros, los cubanos, hemos aprendido a honrar las pequeñas cosas que nos otorgan y, en la actualidad, y en general, los emigrantes cubanos contemporáneos regresan a la isla ni bien su bolsillo o los trámites legales se lo permiten, amortiguando un poco la sensación de pérdida que les provoca la separación cultural.  

Aunque, en mi opinión, no hay caso, una vez que te vas algo se quiebra y te conviertes en uno de nosotros.  Una vez que te marchas de tu espacio original, ya no volverás a ser el mismo. Y aunque arrastres esa cubanía que crees que será para siempre, el desarraigo un día llegará a ti. La sensación de no pertenencia te tomará por sorpresa cuando un día prefieras, quizás, una ensalada fría antes que un congris, un trago de whiskey antes que otro de ron. Porque has cambiado, te has mezclado y eres un ser más universal. El emigrar termina por arrancarnos con los años la pertenencia, aunque todos los que de Cuba salimos sigamos peleando por no olvidar esa pequeña franja de tierra insular que nos vio nacer, esa que, quizás hoy, para muchos no represente más que una idea, un recuerdo o una emoción a lo lejos.

Your email address will not be published. Required fields are marked *