De la religión Bantú a la cima del monte Olimpo

De la religión Bantú a la cima del monte Olimpo

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Eduardo Mora Basart

Dicen que cuando un bantú 

se encuentra con otro bantú no 

le pregunta quién es, sino qué baila.

Sua Urana. 

El etnólogo cubano Fernando Ortiz, en conferencia impartida en la Universidad de la Habana el 28 de noviembre de 1939, sentenció:

Se ha dicho repetidamente que Cuba es un crisol de elementos humanos. Tal comparación se aplica a nuestra patria como a las demás naciones de América. Pero acaso pueda presentarse otra metáfora más precisa, más comprensiva y más apropiada para un auditorio cubano, ya que en Cuba no hay fundiciones en crisoles, fuera de las modestísimas de algunos artesanos. Hagamos mejor un símil cubano, un cubanismo metafórico, y nos entenderemos mejor, más pronto y con más detalles. Cuba es un ajiaco.

La comparación de la cultura cubana con uno de los platos emblemáticos de nuestro acervo culinario, devino acertado símil del etnos nacional. Al diseccionar la línea evolutiva de la nacionalidad, descubrimos la confluencia indígena, española, francesa, China y la impronta africana, cuyos originarios comienzan a llegar a Cuba desde la década del veinte del siglo XVI. Provenientes de la región Occidental del África subsahariana, en particular de los actuales territorios de las repúblicas del Congo, Zaire y Angola, arriban los grupos étnicos conocidos como congos o bantúes, quienes se asientan en Pinar del Río, La Habana, Matanzas, Villa Clara, donde es prolífera la producción azucarera en el siglo XIX.

Adscribiéndonos a los tipificados como ciclos folklóricos, dentro de los bantúes o congos  se insertan bailes como el palo, la makuta, el garabato y el maní. En esta ocasión me detendré en el maní, anunciación de los excelentes resultados boxísticos alcanzados por Cuba a través de la historia.

En la obra de Don Fernando Ortiz Los Bailes y el teatro de los negros en el folklor de Cuba, que data de 1951, señala:

El juego del maní consiste fundamentalmente en un pugilato, durante el cual un jugador que está bailando trata de abatir con un fuerte golpe a puño cerrado a uno o varios practicantes que están a la defensiva, formando un corro a su alrededor. Un viejo moreno nos informó que algunos maniseros se ataban la mano izquierda a la espalda para luchar con su diestra, pero no parece que esto sea lo usual. El baile y juego del maní era de hombres solos; pero se cuentan algunos casos de mujeres marimachos que gustaban de participar en el juego y daban buenos trompones. Los maniseros iban descalzos, desnudos de la cintura para arriba y con calzones cortos o subidos a la rodilla; sin armas, insignias ni otro adorno que algún pañuelo de colores colgando de un ancho cinturón de cuero que les protegía el vientre.

Es usual el baile del maní en los territorios cañeros antes reseñados. Su auge es tal, que aun en los años treinta del pasado siglo, las comunidades negras de los Pocitos, en Marianao, la Habana, continuó su práctica. Al diseccionar el ritual, descubrimos que muchas de sus reglas son cercanas al boxeo moderno. En el maní se prohibían los golpes en zonas vulnerables, desde la cintura hacia abajo, o el uso de los codos y las piernas. Estos golpes eran definidos como fulastrerías y los infractores eran sometidos a severas sanciones. Una canción bantú expresa la rudeza de la práctica: E que no aguante no rima/ponte lejos pa mira (quien no aguante los golpes que no se arrime/ponte lejos para mirar).

Al definir estas expresiones de pugilato, Don Fernando Ortiz lo hace del modo siguiente:

Maní limpio: Cuando peleaban sin ningún tipo de indumentaria, ni guantes ni petos, solo al pecho descubierto.

Maní con grasa: Se engrasaban el tronco, los brazos y la cabeza con manteca de corojo, lo cual impedía que los golpes fuesen más contundentes.

Maní con muñequeras: Cuando se forraban las muñecas y los antebrazos con sendos brazaletes de pellejo de buey, que en ocasiones eran reforzados con cabezas de clavos y púas de acero, o piedras escondidas en su interior, además de todo tipo de brujería, que los púgiles creían eficientes para dar un certero golpe al contrario.

El uso de estos aditamentos presupone que las heridas podían ser mortales. Llegándose a utilizar mezclas de orine con aguardiente, a lo que se sumaba el escupitajo de una mascada de tabaco, como ungüento para paliar el dolor o detener las hemorragias. Cuando uno de los maniseros era fuertemente golpeado, se introducía en una especie de batea diseñada para la ocasión, o cuando moría, no se suspendía la puja, sólo se separaba su cuerpo del grupo. La muerte entre los bantúes se interpreta como un apagón, ku-fwa, por lo tanto, no se asume como una privación de la vida, sino como su continuidad espacio-temporal.

Al analizar las dinámicas de vida en esos lugares, Manuel Moreno Fraginals expone en su obra El Ingenio el origen carcelario de su estructura, donde confluían representantes de diversas ascendencias tribales. Las diferencias existencias entre miembros de un mismo grupo o de diversos, en ocasiones de dimensiones conflictuales, puede haber reforzado el carácter encarnizado de aquel baile práctica.

Los enfrentamientos se organizaban por equipos e incluían diversos maniseros. Las apuestas iban a manos del jefe del cabildo o alguno de los viejos que ejercía liderazgo en el grupo reunido. Los campeones entonaban sus cantos antes de iniciar el pugilato. En ellos narraban sus historias épicas, acompañados por el ritmo de los tambores yuca y del agogó, guataca percutida.

La rítmica del baile y los golpes eran apoyados por los percutores. A través del toque les imprimían firmeza o testimoniaban su fortaleza. Quienes erraban siguiendo el ritmo, abandonaban la posición de tocadores para sumarse al pugilato. Era usual que la mística acompañara a los practicantes, que se proveían de resguardos como makutos, polvos, bilongos y cualquier tipo de hechizo que los apoyara en búsqueda de la victoria. Eran usuales los enfrentamientos entre diversos ingenios. Pujas promovidas por los propios dueños, quienes elevaban las apuestas a niveles jugosos. No faltaron esclavos que a través del maní compraron su propia libertad.

En la práctica del maní los trinitarios eran temidos. La figura de la negra Martina fue famosa como líder de un reconocido grupo de maniseros. En zonas como Aguacate, Canasí y Caraballo, se asegura que los pugilistas eran muy diestros. Uno de ellos fue Indalecio Esponda, considerado como uno de los más avezados practicantes. Si la fama del negro Indalecio lo convertía en una de la figuras más seguidas y admiradas por todos, la baja reputación de José Sarría lo obligó a abandonar para siempre la práctica de esta especie de pugilato, al ser derribado por una mujer.

El personaje de Esteban Montejo, perteneciente a la novela Cimarrón de Miguel Barnet asegura:

Había otro baile más complicado. Yo no sé si era un baile o un juego porque la mano de puñetazos que se daban era muy seria. A ese baile le decían el maní. Los maniceros hacían una rueda de cuarenta o cincuenta hombres solos. Y empezaban a dar revés. El que recibía el golpe salía a bailar. Se ponían ropa corriente de trabajo y usaban en la frente y en la cintura pañuelos de colores y de dibujos. Estos pañuelos se usaban para amarrar la ropa de los esclavos y llevarlos a lavar. Se conocían como pañuelos y vayajá. Para que los golpes del maní fueran más calientes, se cargaban las muñecas con una brujería cualquiera. Las mujeres no bailaban, pero hacían un coro con palmadas. Daban gritos por los sustos que recibían, porque a veces caía un negro y no se levantaba más. El maní era un juego cruel. Los maniceros no apostaban en el desafío. En algunos ingenios los mismos amos hacían sus apuestas, pero en Flor de Sagua yo no recuerdo esto. Lo que sí hacían los dueños era cohibir a los negros de darse tantos golpes, porque a veces no podían trabajar de lo averiados que salían. Los niños no podían jugar, pero se lo llevaban todo. A mí, por ejemplo, no se me olvida más.

Al analizar las manifestaciones del canto y baile bantú, las expresiones conflictuales son recurrentes. Basta mencionar las fiestas, llamadas conguerías, donde se cantaban las puyas, plagadas de arrogancia, y que desencadenaban frecuentes disputas. Una de las más arraigadas en el acervo cultural cubano reza:

Gallo: Con qué gallina va a chapiar cantero.

Gallo: Con qué gallo no pone huevo.

Coro: Con qué gallina va a chapiar cantero con qué.

Coro: Con qué gallina va a chapiar cantero con qué.

Para muchas de las culturas africanas, sobre todo la bantú, aprender a danzar iba aparejado a aprender a luchar. Por eso, es recurrente la representación a través de la danza, aún desde dimensiones abstractas, del dolor. Las dinámicas de estos espacios estaban signadas por rasgos de identidad cultural, social y étnica.

La práctica del maní se distingue como una actividad aglutinadora, tanto de los participantes directos como de los expectantes. Su desarrollo denota la fuerza física y destreza que se exigía para intervenir, anticipando los excelentes resultados boxísticos logrados por Cuba, ligados, en no pocas ocasiones, a la industria azucarera.

En los centrales cubanos surgieron figuras destacadas del pugilismo como Esteban Gallard, Evelio Celestino Mustelier, Diosdano Scull, Juan Carlos Gómez. A ellos se suman José Gómez y Teófilo Stevenson, quienes elevaron el nombre de Cuba hasta lo más alto del podio Olímpico.

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