Cuba: la realeza de las violetas

Cuba: la realeza de las violetas

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Eduardo Mora Basart

El aroma de las violetas tiene un lugar especial en la vida de los cubanos. En el panteón yoruba el color morado representa a San Lázaro o Babalú Ayé: poseedor del don de anticipar el futuro. El color es sinónimo de modestia y sencillez suprema. Quizás, la exquisitez de su olor, unido a estos atributos, haga que los cubanos sientan una gran identificación con los perfumes de la flor.

Era frecuente mi deambular por las calles de la Habana Vieja. Entonces, no perdía ocasión para detenerme en el museo del perfume, Habana 1791, situado en la calle Mercaderes. Disfrutar el aroma de los aceites esenciales, es un privilegio que se vive en ese lugar. Algunos visitantes recurren a las colonias de limón como antídoto para la depresión, a la rosa o el sándalo por su eficacia contra la ansiedad, mientras otros defienden las propiedades afrodisíacas del jazmín y el pachulí. Allí, experimentamos una retrospección a través de la historia de las fragancias cubanas.

Siempre que recorría la edificación, rememoraba las crónicas habaneras del período decimonónico. Evocaba a la Condesa de Merlín y sus referencias a la fetidez imperante en la época, mezcla de los efluvios de las pieles curtidas, el tabaco y las excrecencias animales, en franca contraposición con la fragancia campestre, el olor de las frutas, el aroma natural de las plantas o la impronta citadina de personalidades como Monsieur León Labbé, quien llevó desde Europa a Cuba lo último en lencería, joyería y perfumería, para venderlo en su boutique situada en la ciudad de Matanzas, epicentro, junto a La Habana, de la vida cubana en el siglo XIX.

Cuando visitaba el museo habanero el olor a violetas me cautivaba. Me hacía rememorar a mis abuelas, quienes una y otra vez evocaban el placer que les suscitaba la colonia Royal Violets, fragancia creada por Agustín Reyes en 1927. Evocación que con frecuencia iba acompañada por algún suspiro, al que ripostaba apropiándome de Juana de Ibarbourou*: Esmaltan el contorno entero de la fuente/ Y son cual pebeteros que aroman la corriente/Recogiéndolas sufro por la glotona pena/ De que quepan todas en mi canasta llena. Aun cuando es recurrente el recuerdo a la Colonia 1800, de Crusellas, parangonada con el médico chino por su utilidad hasta para revertir dolencias, mis abuelas eran fieles a las violetas. El olor del perfume de violetas vivía en sus recuerdos, poseía un lugar especial en sus gustos y siempre encontraban una alternativa que supliera a su amado Royal Violets.

Desde los años ochenta del pasado siglo, las acompañaba una nueva versión caribeña bajo el sugestivo nombre de Pétalos de Violeta. Aunque desprovista del aparataje en el empaque y etiquetada de una manera sencilla, el olor a la colonia las acompañaba en sus tardes. Matizada por aquella sentencia inmortalizada por quienes nos antecedieron y se erige como un pedestal en la vida de los cubanos: más allá del perfume, lo importante es oler a limpio.

La fragancia de las violetas se asociaba, en ocasiones, a eternidad o era expresión de la fidelidad a un pasado donde cambian las gentes, los olores, pero a los recuerdos se les antoja permanecer inmutables. Atrás quedaron Sabatés, Crusellas, Gravi o aquella poética, ajena cultural e históricamente a Cuba, donde fueron cotidianos nombres como los del Gato Negro, la Cremena o el Moscú Rojo.

En la actualidad, nombres como Chanel No.5, Poisson, Obsession o Mis Dior, son comunes en las conversaciones sobre el mundo de la perfumería cubana. Pero en la tradición, las violetas poseen un lugar especial, desde ese don casi divino de la planta de regalarnos sus flores en el inicio de la primavera, devenir símbolo de amor y poseer un olor que llegó a Cuba a finales de la década del veinte del pasado siglo a través de Royal Violets y que desafía el paso del tiempo, inundando, en no pocas ocasiones, las tardes cubanas.

*El poema Las violetas fue escrito por la uruguaya Juana de Ibarbourou (1892-1979), también conocida como Juana de América.  

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