Cuba: Deporte e identidad

Cuba: Deporte e identidad

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Eduardo Mora Basart

La memoria es la dueña del tiempo

Proverbio Yorubá

La identidad de cualquier nación, aúna la diversidad hasta proyectarla hacia una dimensión universal. Como asegura Fernando Ortiz, la historia de Cuba es una sucesión de procesos transculturizadores, que tienen como cimiente un pensamiento de furibundo humanismo, representado por figuras como Félix Varela, quien al decir de Julio Le Reverend, se erige en transición ideológica en pos del futuro: constatable en su capacidad para ver y prever el devenir histórico.

En el lapso que media desde 1868 hasta 1878, Cuba se forja como nación. En las décadas subsiguientes, es perceptible un paulatino tránsito desde las ideas liberal-burguesas hasta las democrático-burguesas, mientras se gesta una incursión consciente de los diversos grupos sociales en el escenario bélico. Aunque no es objetivo de este trabajo diseccionar los proyectos existentes en la segunda mitad del siglo XIX, es válido exponer que el Varela-Martí sobresale por encima del reformista, el autonomista y el conservador.

Al analizar el significado del deporte como expresión cultural y su aporte para construir la nacionalidad cubana, urge aludir al fin de la esclavitud en 1886 y la progresiva construcción de nuevas dinámicas sociales, sobre la base de la integración racial y social. Ello determina la aceptación de culturas que eran asumidas como periféricas -los blancos sólo aceptaban sus dinámicas como portadoras de cultura- y su inserción en un todo que conforma la cubanidad. Las nuevas proyecciones económicas condicionan la vida del país, corroborándose el aumento del intercambio con los Estados Unidos, gestándose una paulatina capitalización sobre la base de la tecnología proveniente del país norteño, el aumento del tráfico de personas, de mercancías, de centrales azucareros, de la presencia de cubanos en los colegios estadounidenses, etc. Durante esa etapa se va generando una personalidad colectiva que sedimenta la memoria, a partir de una simbiosis de lo histórico cotidiano con lo histórico trascendente, expresado en una autoconciencia nacional.

Durante el siglo XIX, son disímiles las disciplinas deportivas que confluyen en el espectro cultural cubano. Sin embargo, se muestran ajenas a las transformaciones que se suceden en Cuba. En otros trabajos donde he abordado el tema, hice referencia al billar, el boliche, el ajedrez, la esgrima, la lucha canaria, las corridas de toros y hasta el fútbol, que, aun cuando no pueden soslayarse, nunca se proyectaron como fenómeno de masas desde la práctica o el espectáculo.

En los años cuarenta de ese siglo se inaugura la Academia de Natación de Regla, convirtiéndose este deporte en el más popular. Además, se sientan las bases para la construcción de un hipódromo, intentando traspolar los símbolos deportivos de naciones como Inglaterra y Estados Unidos. A finales de los años sesenta fueron muy populares en Cuba las llamadas Plazas de Armas, integrándose muchos de los practicantes a las luchas de emancipación nacional y siendo este deporte quien aporta la primera medalla de oro en la historia de los Juegos Olímpicos en la figura de Ramón Font.

Aludí con anterioridad a la presencia de cubanos estudiando en los colegios de Estados Unidos. Fueron ellos quienes introducen el béisbol en Cuba. Este deporte, desde el primer momento, se contrapone a las prácticas españolas y se proyecta, junto a la música, como expresión antihegemónica. En una etapa inicial la práctica cubana fue mímesis de la estadounidense, pero pronto se atempera a la isla caribeña, generándose una fraseología propia al trasponerse los términos del inglés al español. Pronto, el béisbol se expresa como espacio de identificación colectiva y de participación social.

A finales de ese siglo, la simbiosis entre la música y el deporte es palpable, como lo demuestran las presentaciones de orquestas de danzón después de concluidos los juegos en las provincias de la Habana y Matanzas, los principales escenarios del país, siendo en este último territorio, donde Miguel Failde compone el primer danzón cubano  titulado Las alturas de Simpson (1879).

El béisbol adquiere a inicios del siglo XX la categoría de deporte nacional. Siendo objeto de representación en las diversas expresiones culturales. No es fortuito que las obras literarias desde finales del siglo XIX hasta la actualidad, estén permeadas por el contenido beisbolero y boxístico, los dos deportes con más auge en Cuba. Lo mismo sucede con la historiografía deportiva desde esa etapa hasta la época actual, aun cuando los estudios no sobresalgan por su sistematicidad y en algunas ocasiones por la profundidad al abordar los temas. Fenómeno similar ocurre con el pensamiento sociológico vinculado al deporte, aunque existen excepciones dentro y fuera del país como es el caso de los doctores Roberto González Echevarría y Félix Julio Alfonso López, quienes se han erigido en pilares fundamentales de este tipo de estudios y cuyas obras devienen referencia.

Es perceptible el rol que juega el deporte como espacio de expresión e integración colectiva, al condicionar la génesis de nexos entre quienes se insertan como practicantes o espectadores, sentando las bases para el auge de la comercialización deportiva. La actividad deportiva asciende como espacio de expresión ideológica, catártica, de construcción de una estructura social y cultural imbricada a las dinámicas que se viven en el país. No puede soslayarse el progresivo ascenso de la práctica deportiva con un carácter lúdico.

El desempeño de los deportistas cubanos es encomiable desde finales del siglo XIX y durante el siglo XX. A inicios de los años treinta tres figuras se erigen en paradigmas deportivos en el país, son los casos de José Raúl Capablanca, campeón mundial de ajedrez, Eligio Saldiñas, Kid Chocolate, elevado hasta lo más encumbrado del boxeo de todos los tiempos y Adolfo Luque, uno de los peloteros más populares en la historia de Cuba. Los equipos de Habana y Almendares se convierten en los dos grandes símbolos del béisbol cubano, mientras se sigue desde las páginas de los periódicos de la época la actuación de las figuras más connotadas de la pelota en las Grandes Ligas y de los más importantes boxeadores del momento. Desde finales del siglo XIX cobran auge las publicaciones deportivas, como lo corroboran El Pitcher, El Sportman Habanero, El Catcher, El Score, El Habanista, El Pelotero o El Sport.

La calidad del deporte cubano es ascendente. En la segunda mitad del pasado siglo fuimos testigos de ello en eventos a todos los niveles competitivos, desde olimpiadas hasta campeonatos mundiales, panamericanos y centroamericanos. Hasta una fecha reciente el deporte cubano se proyectó como la segunda potencia en este continente. Sin embargo, en esta última etapa no ha sido ajeno a la aseveración del teórico español Rafael Sánchez Ferlosio: el Estado, y especialmente en su moderna concepción nacionalista, condenado a la deletérea servidumbre de la necesidad de prestigio, ha erigido las victorias deportivas internacionales en títulos de prestigio nacional tan valiosos como otros cualesquiera.

Existen innumerables ejemplos que corroboran lo antes expuesto, como la exaltación de los triunfos deportivos internacionales, de la rivalidad con los equipos de Estados Unidos o la ausencia de Cuba en los Juegos Olímpicos celebrados en Atlanta (1984) y Seúl (1988).

Figuras como Teófilo Stevenson, Félix Savón, Ana Fidelio Quirot, Mijaín López o el equipo femenino de Volleibol, constituyen paradigmas deportivos. Fuera de Cuba los jugadores de la isla antillana se posicionan en las Grandes Ligas de béisbol o en el boxeo profesional, donde en la actualidad dos púgiles ostentan la condición de campeones mundiales profesionales. En esta etapa se evidencia una ruptura de la total hegemonía masculina en el deporte, como lo constatan los resultados obtenidos por las mujeres.

Aun cuando el profesionalismo fue abolido en Cuba desde inicios de la década de los sesenta del pasado siglo, a finales del pasado los deportistas dentro de la isla comienzan a percibir ingresos a partir de su inclusión en algunos eventos internacionales. Generándose, además, una tendencia a la búsqueda de ellos a través de la inserción en circuitos profesionales, lo cual está muy ligado a la migración deportiva, como lo corrobora la ascendente presencia de cubanos en las Grandes Ligas de béisbol, en las ligas caribeñas de ese deporte y la salida del país de atletas de voleibol, atletismo, baloncesto, fútbol, etc.

El deporte en Cuba ha devenido espacio de identificación colectiva, en ocasiones proveyendo de sentido la vida de cubanas y cubanos y condicionando espacios para la liberación de tensiones. No puede concebirse la praxis social ajena a las prácticas deportivas, ni a la contemplación y disfrute de ellas. El deporte ocupa un espacio medular en la identidad, como expresión del ser esencial del cubano desde una integración étnico-cultural.

 

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