Con el sabor de Los Compadres

Con el sabor de Los Compadres

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Leticia Rodríguez

Llegó el penúltimo mes del año -¡qué rápido!. Compartí por estos días con una familia amiga en el patio de su casa de Hialeah. El improvisado almuerzo estuvo acompañado por la música de Los Compadres. Alguien recordó que sus integrantes originales, Repilado y Lorenzo, tenían fechas marcadas en este onceno mes del año. Compay Segundo nació en 1907, el día 18 de noviembre. Lorenzo Hierrezuelo se despidió físicamente a los 86 años, el 16 de noviembre de 1993. Desde 1947 hasta mediados de la década de los ’50, ambos estuvieron juntos en su compadreo musical. A Compay Segundo lo sustituyó Reynaldo, otro de la casta de los Hierrezuelo. Los hermanos se unieron en 1955, ofreciendo su música por el mundo durante 30 años.

Según Word References, compadre tiene, entre otras acepciones, la de amigo, compañero. Y The Free Dictionary lo explica como: denominación amistosa que usan los hombres entre sí. En Cuba, de compadre a compay no hay trecho alguno. Escuchar una u otra demostración de cariño depende de la zona donde uno se encuentre. Y, como los artistas innatos que conformaron el dúo más famoso de Cuba durante la segunda mitad de la anterior centuria eran de Santiago de Cuba, claro que el “compay” le correspondía. Los originales estaban unidos, además de por su condición de primos, por un lazo de compañerismo en el que la música quedaba atada con el sello de la autenticidad. Lo de compay también le tocó a Reynaldo. Por eso se le conoce como Compay Rey o Rey Caney, este último haciendo alusión al sitio donde nacieron los Hierrezuelo: El Caney, el poblado más dulce de Cuba.

En nuestro cubaneo aliñado de nostalgia, mientras comíamos el arroz blanco, los frijoles colorados -eso sí- con mucho chorizo, un picadillo (de carne) y nuestros insustituibles platanitos fritos, sonó primero Sabor a Caney. Aprovechando la sombra de una robusta mata de mango, la tertulia se formó y fue como olvidarnos de que estábamos en el caballete y queríamos acabar temprano. Aunque no faltó quien dijera, a modo de chiste muy cubano y compadrea’o: “Vamos a comer temprano, porque me huele a visita, recuerda que en el almuerzo se apareció Conchita”.

“Qué sabroso, pa’ arrolla’…” ¡Dios mío, eso sí es música! No dejábamos de exclamar con la cadencia de la entrega de Los Compadres. De Los Compadres de Santiago de Cuba, de Cuba y del planeta música. Y en ese sitio siempre quisiera permanecer, por el legado de una lírica envuelta en la sencillez. Por la naturalidad de unas letras que no se permiten ni la más mínima indecencia. Por la armonía contagiosa de tantos temas que aportan, y de qué manera, a la idiosincrasia de un pueblo que es mucho más que ron, tabaco y mulatas bellas.

Qué inmensa satisfacción acompaña a mi ego cuando, desde las redes sociales, leo infinidad de comentarios firmados por amigos de muchas latitudes. Ellos expresan con total sinceridad cuánto ha aportado la isla de la música -con la producción de formaciones artísticas como el dúo Los Compadres- a la felicidad de sus abuelos, de sus padres y a la de ellos mismos. Lo agradecen de corazón. El sentimiento sobrepasa los límites de una página que viaja en el éter para unirse al reclamo de no dejar morir esta parte sustancial del patrimonio cultural cubano, legado que, explícitamente, deja claro lo hermoso y rico que es recordar.

Cuánto deleite, además, proporciona reconocer que han sobrevivido en pleno siglo XXI las canciones del dúo nacido en el Oriente cubano, en una zona donde el son tiene sabor a Caney, a mamey y a mango de bizcochuelo. Porque, si así no fuera, expresaría de todo corazón que “la pena me está matando”.

Detenerse a escuchar, sin la menor posibilidad de intentar quedarse inmóvil, a Compay Primo y a Compay Segundo -en un primer momento- y luego hacer lo mismo con la irrupción de Rey Caney, es transportarse a esa plataforma musical donde las voces están perfectamente ensambladas. Que le pregunten al Dúo Melodías Cubanas de Georgina y Candelaria, en la Casa de la Trova de Santiago de Cuba, para que den fe de ello. Seguramente estas dos mujeres -de voces tan naturales y de excelencia manifiesta en la mezcla de estas-, defensoras a ultranza de la más pura trova cubana, coincidirán conmigo en constatar que llegar a conquistar la perfección al “hacer la prima y la segunda” no es cosa fácil. Como difícil será hacer hablar a la guitarra -dicho de otra manera- al armónico de las siete cuerdas, con el copyright de Repilado, como lo lograba hacer con su bomba de auténtico sonero, el santiaguero de Siboney, un poblado salpicado de Caribe.

Los Compadres, en sus dos etapas, acuñaron sus entregas musicales con una fina picardía, hecho que pone de relieve la heredad cultural intangible de la gente campechana y sencilla de la parte oriental de este variopinto archipiélago de Las Antillas, de los guajiros que, con el ritmo caliente y dulzón de su música, realizan la fiesta más sápida en sus bateyes. Pura diversión que se forma cuando se dice: “preparen candela pa’ afinar los cueros, para que todos los rumberos que quieran gozar que traigan los cueros para guarachar”. Es que… si me dejo llevar por el ritmo y las letras de Los Compadres, no tengo cuando acabar, habría que darme candela como al macao. Y ahí sí diría sin vacilar: “mamá se quema La Maya, mamá se quema Alto Songo”.

Y, en este “bembeteo” sobre el dúo santiaguero que tanta gloria ha aportado a la música cubana y universal, vale la pena refrescar la memoria con sus canciones de fondo. No será malogrado el intento de explicar a las nuevas generaciones de cubanos que son Los Compadres verdaderos cronistas de un tiempo que es inmortal, el tiempo de la herencia inmaterial que dejaron los abuelos, esa sucesión que ni el más pinto podrá borrar.

El refranero del cubano tiene una extensión en las composiciones de Repilado y los Hierrezuelo. Se absorbe la savia popular en cada letra, tanto desde la que se presenta con matices amorosos, como es el caso de Mi última serenata, Macusa o Amor silvestre, hasta las que derrochan la bellaquería contagiosa propia del cubano, y del oriental, específicamente. En este caso se podrían citar lo clásicos Sarandonga, Baja y tapa la olla, Venga guano, Preparen candela, Caña quemá, Los barrios de Santiago, Guarapo, pimienta y sal, y Caserita, vendo agua, entre muchos otros.

En Caserita, vendo agua, o El vendedor de agua, está la esencia del pregón, tan característico en las calles, callejones y callejuelas santiagueras: “El aguador, caserita, ya llegó. Agua para limpiar y tomar, también para cocinar, la traigo pura y limpita (…) Caserita, vendo agua”. Sarandonga es otra de las imprescindibles en el repertorio del compadreo musical. Qué cubano que haya experimentado que la vida es un cachumbambé no ha expresado alguna vez: “Cuando yo tenía dinero me llamaban Don Tomás; y ahora, como no tengo, me llaman Tomás na’más”. Y lo del “ñame con bacala’o en lo alto del Puerto?” Eso, pregúntele a un abuelo de Santiago para que se le haga la boca agua con la receta, mientras rememora el paisaje de un mirador natural como el Puerto de Boniato.

Mucho más de la espontaneidad característica de lo cubano nos obsequiaron Los Compadres. Es que a todo le sacamos un chiste, no importan las circunstancias. De las buenas y de las malas nos aprovechamos para destacar una nota de humor. Así también lo hicieron en No quiero llanto: “Yo pido cuando me muera que me pongan mi sombrero, por si acaso en el camino me coge algún aguacero. No quiero llanto, no quiero llanto, cuando me muera yo no quiero llanto”.

Ciertamente, hay para no acabar cuando de Los Compadres se trata. Este artículo constituye solo un esbozo de lo mucho que se podría contar sobre el dúo formado en 1947. La agrupación que nos gratificó con tantos sones, boleros, congas y guarachas… nos hizo compartir la nostalgia “a lo cubano” en aquel patio de Hialeah. Claro, que como éramos muchos, al repartirla nos tocó menos.

Y, para acabar como auténticos cubanos -que no solo hay que vivir en la isla para catalogarnos así-, terminamos bailando con Los Compadres a la manera del Septeto Santiaguero, con su disco No quiero llanto. Tributo a Los Compadres, acreedor del Latin Grammy 2015 en la categoría Tropical Tradicional. Después, cada chipojo pa’ su tabla’o. Que al otro día había que levantarse a trabajar para pagar la renta.

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