Con Cuba en el corazón

Con Cuba en el corazón

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Leticia Rodríguez

Soy cubana y hace cuatro meses que llegué a este gran país. Mi historia en los Estados Unidos comenzó en casa de unos amigos, también cubanos, que residen en el North West de Miami. No puedo decir que son ellos unos duchos en la materia miamense, porque hace sólo dos años que aquí llegaron y todavía huelen a Santiago, amén de lo “americanizados” que ya puedan estar. He dicho Santiago y agrego, de Cuba, para dejar claro que vengo de una ciudad hermosa, sobre todo, por su gente.

A mis amigos -santiagueros-, quienes abrieron las puertas de su casa para ofrecerme su techo y su incondicional ayuda, les agradezco infinitamente su gesto humano y hospitalario; y también les ruego me disculpen por haber extendido mi estancia en su hogar. Es que, tradicionalmente, el comienzo en la vida del inmigrante ofrece escasas opciones. Aunque siempre he pensado que Dios nos sitúa en un lugar determinado con un propósito señalado; y esa finalidad redunda, de muchas maneras, en beneficios para todos los implicados. La vida, con el implacable paso de los años -esos que no tienen marcha atrás-, se encarga de demostrarlo.

En estos primeros meses en la “ciudad del sol” he escuchado un sinnúmero de historias de cubanos -todas con la marca registrada de la provincia a la que pertenecen- que no me han permitido olvidarme, ni por un segundo, de mi condición de ciudadana de la isla encerrada entre misterios y preguntas que, hoy, ni yo misma puedo responder. Desde Pinar del Río hasta la mismísima ciudad primada -la del verde paradisíaco y arrebatador de su naturaleza, la del olor a chocolate, la añeja y ahora más humilde Baracoa- se han recreado en mis oídos tal cantidad de anécdotas que, hablando en buen cubano, “la industria del cine no sabe lo que se pierde”.

Si he dicho antes que cada testimonio me ha llegado con su trade mark, así mismo añado que todos tienen un elemento en común: esa cubanía o cubanidad que nos ha hecho originales y que está prendida en el tuétano, sin querer desprenderse, por voluntad propia. No importa la coyuntura, no sirve de nada el tiempo que se lleve habitando este espacio de la faz de Las Américas, la cubanía brota como manantial por los poros.

Lo mismo en aquella historia de los mellizos que llegaron desde Panamá hasta Miami, que en la del médico que vino en lancha, que en la del ingeniero que atravesó las selvas y fronteras de Centroamérica, que en la del joven que vivió muchos años en España y prefirió llegar al aeropuerto desde Portugal, que en la de la periodista que se casó con el mexicano, que en la de la balsera del ’94, que en la de la novia de un amigo que la reclamó el papá, que… !Cuántos testimonios girando alrededor de un mismo tema: salir de Cuba, pero con ella en el corazón!

Y, es cierto, Cuba se respira en el aire de Miami. Tropiezas con pedazos de Cuba en tu transitar por sus calles. En la multiculturalidad de esta ciudad, Cuba tiene su espacio y sus méritos muy bien ganados. No basta con identificar a cada paso al cubano por su manera de hablar -según la región de donde procede- o por su forma tan latina de vestirse, o por su ego y su autoestima tan elevados, sintiéndose dueño absoluto de la urbe. No basta con escuchar en la radio de los autos, o en los establecimientos comerciales, los reguetones de moda que levantan multitudes y que no esperan que se seque el Malecón para que hasta los más discretos irrumpan en la escena de la diversión moviéndose como pueden. No es suficiente con recrear las expresiones más criollas de nuestra cocina en las casas y negocios, donde el platanito frito, el congrí y el cerdo asado tienen prohibido ausentarse. Cuba se cuela por el hoyo de una aguja. Su gente se encarga de mostrar su casta, para que no existan dudas.

De la misma manera, en el corto tiempo que llevo en el norte “brutal y revuelto”, como decimos los cubanos por herencia de Martí, he conocido a varias familias que salieron de la patria hace unos cincuenta años y que plantaron nuestra bandera en este trozo de tierra americana. Se multiplicó así la historia de una isla del Caribe, alejada por el mar y las ideas, pero presente eternamente en los sentimientos y en el corazón. Porque, para los cubanos, Cuba se extraña, se llora, se anhela. Cuba se ama de todas las maneras imposibles.

Este universo de la inmigración me ha enseñado, además, que ser cubano no es sólo el hecho de haber nacido en el archipiélago antillano. Ser cubano es tener conciencia de toda una serie de valores que se siembran a través del amor y el respeto de la familia, amén del lugar donde ves la luz por primera vez. No es de extrañar entonces que escuches a los niños y jóvenes nacidos en los Estados Unidos de América, hijos de padres cubanos, cuando se les pregunta: – ¿qué eres?, decir sin vacilar y con orgullo: – SOY CUBANO.

Y así me ha sucedido a mí. Afortunadamente, ya lo he dicho antes, he llegado a este gran país. Lo he hecho cargada de anhelos, con la pretensión de “luchar”, de “echar pa’lante”, de “poner rodilla en tierra” para ver concretados los sueños que desde hace más de veinte años se apoderaron de mi mente, porque yo también tengo mi historia; una historia que ya forma parte del libro que recoge a todos los cubanos de la diáspora.

Hoy escribo este artículo, no desde la casa de mis amigos de Santiago. Afortunadamente, (también) sé, por la educación recibida de mi familia, ciento por ciento cubana, que hay que saber retirarse a tiempo para que todo “quede elegante”.

Así las cosas, como solía decir un comentarista de política internacional en la televisión de mi país, cierro esta página con la idea de reabrirla para seguir hablando de nosotros. Para profundizar en nuestra herencia y nuestra cultura. Para que nadie dude de la originalidad de los cubanos. ¡Qué cará!

Comments
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