Aguilera, la más larga de Santiago

Aguilera, la más larga de Santiago

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Leticia Rodríguez

La conocida calle Aguilera de Santiago de Cuba, vecina de la arteria considerada columna vertebral del Centro Histórico de la urbe (la popular calle Enramadas), es poseedora de un relevante contenido histórico cultural. La historia que comenzó a contarse hace cinco siglos en una de las villas cubanas instituidas por el Adelantado Diego Velázquez y de Cuéllar puede repasarse a través de la calle más larga de Santiago.

La calle Marina, como se nombraba antiguamente, es una de las más conocidas y transitadas. Según el sitio digital Santiago en mí, llevaba al antiguo puerto de la ciudad y culminaba en la calle San Félix. Con el paso de los años, la calle Marina tomó el nombre oficial de Calle Francisco Vicente Aguilera; en honor al patriota bayamés, Mayor General del Ejército Libertador, quien llegó a ser vicepresidente de la República en Armas. Pero, los santiagueros preferimos llamarla: Aguilera.

La inconfundible arteria siguió atravesando el casco histórico para pasar por repartos como: Portuondo y Santa Bárbara hasta llegar a la Carretera de Siboney o Avenida Raúl Pujols, para encontrase con la arquitectura del Movimiento Moderno en la zona más elegante de Santiago.

Dispóngase a caminar. A comprobar, desde el primer paso, cómo se ciñó el urbanismo a una singular topografía y a admirar los atractivos arquitectónicos que conforman una parte sustancial del patrimonio construido de la ciudad.

Subiendo, desde La Alameda, se adentra en los primeros años de la República entre edificaciones que no creen en la vejez y continúan en pie. Ese es el caso de uno de los inmuebles, destinado a oficinas y almacenes, de la Familia Bacardí. Aún con su inconfundible símbolo en la fachada. Un murciélago legendario que desafía todos los avatares y reafirma con orgullo su autenticidad santiaguera.

Al ascender la empinada loma, Aguilera muestra el Mercado Municipal; posicionado como símbolo de progreso -desde 1859- en la manzana que completan las calles Gallo, Padre Pico y Heredia. El originalmente nombrado Mercado de Concha (haciendo honores a José Gutiérrez de la Concha, Gobernador Militar de la Isla) resurgió en los cincuenta con los preceptos del movimiento moderno. Al frente de La Plaza o el Mercado de Aguilera (como le llamamos), resiste una vetusta casona que no ha creído en la modernidad para mantener vivo el toque colonial y más añejo del ambiente citadino.

No puede cansarse aún, porque entre las esquinas de Padre Pico y Gallo lo espera lo que fue la Real Cárcel Municipal. Sus añosos muros sirven de sede a la Oficina de la Historiadora de la Ciudad y resguardan la valiosa documentación del Archivo Histórico Municipal.

Tómese un respiro ante edificio del Royal Bank of Canada. Suntuosa fachada, en la esquina de Corona, que demuestra la efervescencia ecléctica de las primeras décadas del siglo veinte. Sin lugar a dudas, un distintivo del patrimonio levantado en tierra santiaguera por una compañía norteamericana; la que, según apuntan algunas fuentes, importó hasta los materiales que se utilizaron para terminar el frente.

La fachada lateral del Banco (que en la actualidad funciona como una Sucursal del Banco de Crédito y Comercio) se funde con un lateral de la que es considerada una de las casas más antiguas de Latinoamérica. Es el Museo de Ambiente Histórico Cubano, inmueble que en el siglo XVI sirvió de residencia a Diego Velázquez.

De esta forma, ya está en el corazón de Santiago de Cuba. En el céntrico Parque de Céspedes, delimitado por sus transitadas intersecciones: Santo Tomás, Heredia, San Pedro y Aguilera.

La calle de la que hoy se habla se privilegia con más. El Palacio Municipal de Gobierno, el Ayuntamiento, se yergue orgulloso; mostrando reminiscencias de la arquitectura colonial. El inmueble se integró al entorno desde 1954, respondiendo al diseño de dos arquitectos habaneros, Eduardo Cañas Abril y Raúl Arcia Monzón; y a la pasión de un santiaguero eterno, el profesor y arqueólogo catalán, Francisco Prat Puig.

A partir de ahora, desde San Pedro hasta Calvario o desde la Casa del Te hasta la inevitablemente frecuentada cafetería La Isabelica, recorrerá el tramo considerado como el más interesante de la vía santiaguera. En él se siguen fundiendo la historia y las expresiones arquitectónicas. En este segmento de Aguilera retumba, desde la belleza indescriptible de las fachadas eclécticas, el nombre de Carlos Segrera Fernández.

En la herencia del genial arquitecto y urbanista santiaguero cuentan el Antiguo Club San Carlos (edificio estrenado en 1913), el Museo Provincial Emilio Bacardí (el primer museo de Cuba, inaugurado en 1928 como Museo-Biblioteca) y el Palacio Provincial de Gobierno (inaugurado en 1926). Piezas claves en el tablero patrimonial del centro histórico de esta ciudad del Caribe, declarado Monumento Nacional.

El tramo se destaca, además, la Escuela Provincial de Comercio; edificación que responde a los códigos del Monumental Moderno. Su proyectista fue el arquitecto venezolano, Rodulfo Ibarra Pérez.

Ah…una advertencia. Después de extasiarse con la belleza del Palacio Provincial de Gobierno, no repare en la sede de ETECSA (Empresa de Comunicaciones de Cuba). Por favor, haga un esfuerzo, intente tapar el sol con un dedo y diga que no ha visto tal infamia constructiva en medio del inestimable ambiente arquitectónico que se vive.

Entre el ruido de las camionetas y el calor natural de Santiago, Aguilera nos guía hasta la Plaza Dolores o el Bulevar, donde se exhibe una escultura de cuerpo entero de Francisco Vicente Aguilera, sobre un gran pedestal de mármol. Una enorme casona colonial y la excelente Sala de Conciertos Dolores (en la Iglesia que data del siglo XVII, la de Nuestra Señora de los Dolores) completan los encantos del concurrido espacio público.

A sólo tres cuadras y como parte del sistema de plazas ideadas en la etapa colonial para las prácticas militares se conserva la Plaza de Marte. El espacio lo invita a sentarse en uno de los bancos y a advertir el ir y venir de quienes habitan la urbe. Para que converse con ellos y viva de primera mano la naturalidad y la espontaneidad que los arropa.

Mientras se hidrata y admira el remozado entorno, seguramente un santiaguero lo invitará a terminar el recorrido en una moto. Ya no encontrará edificios de valores arquitectónicos destacables. Pero, eso sí, seguirá mirando de cerca a la gente, a los de a pie, en la expresión diaria de su idiosincrasia y de su “lucha”, que “no es fácil, pero…tampoco es difícil”. Le aseguro, entonces, que nunca se arrepentirá de haber sudado con ganas al recorrer la calle más larga de Santiago.

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