A las doce campanadas del 31

A las doce campanadas del 31

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Mylene Hernández

Cuando se acerca el cierre de cada año, este cuerpo pide fiesta. Nosotros los cubanos somos fiesteros por naturaleza, nos encanta divertirnos, bailar y pasarla bien. Esto es algo tan innato en nuestra idiosincrasia, que no lo han podido cambiar ni la política autoritaria, ni la escasez, ni la separación familiar, ni nada. Esa capacidad de “guarapachanguear” que tenemos por esencia se hace notar en la alegría con que nos preparamos y disfrutamos de nuestras fiestas de fin de año.

Esta celebración es quizás la fiesta más importante dentro de nuestra tradición cultural. Representa la esperanza de un cambio de vida y la fe en el futuro. Es también el momento del año por excelencia para reunimos con nuestros familiares y amigos más queridos, si tenemos la suerte de tenerlos cerca.

La víspera de un nuevo año está relacionada, en el imaginario popular, con el cierre de un ciclo y el comienzo de uno nuevo. Tenemos la ilusión de que algo bueno y nuevo nos puede ocurrir a partir de ese momento y nos aferramos a esa idea, pues siempre es esperanzador creer que podemos empezar todo desde cero. Es por eso que esta fiesta viene también cargada de supersticiones, tales como las de comer doce uvas –una por cada campanada del cierre del año, cosa que traería una intensa prosperidad–, o la de limpiar tu espacio vital, aura y espíritu –todo de una vez– lanzando un buen baldazo de agua a las 12 de la noche desde dentro de tu casa. Otra muestra de superstición popular relacionada con el fin de año es la costumbre de quemar un muñeco de tela, representativo del año que termina, y, con su inmolación, de la ilusión de volver cenizas todos los males que se podrían arrastrar en el tiempo. También, en años más recientes, la cultura popular ha adoptado, durante estas celebraciones, la costumbre de darle la vuelta a la manzana con una maleta, para atraer un viaje al exterior. Sin dudas, nuestra cultura, tan rica en humor y sabiduría, ha sabido canalizar los deseos populares en estas pequeñas representaciones sociales que se repiten año tras año como un deseo inconcluso y un anhelo general de obtener una vida mejor.

En el año 1969, el gobierno de La Habana eliminaba la navidad del calendario de festividades. Con la idea de no detener la zafra azucarera de aquel momento, Fidel Castro dictaminó la suspensión de esta fiesta, catalogada por él como “católico-burguesa”, y su erradicación de nuestra cultura popular. No eran tiempos de andar vacilando, sino de construir el futuro. La fiesta de fin de año pasó a ser nuestra mayor celebración permitida y reemplazó emocionalmente a las efemérides religiosas, que quedaron proscritas durante casi 30 años.

Hay que reconocer que la fiesta de fin de año es la cumbre de todas las celebraciones, y mira que los cubanos somos propensos a festejar por cualquier cosa. Pero, sin dudas, el fin de año moviliza nuestro fuero interno y nos seduce con su proximidad. En los ambientes rurales cubanos, la fiesta comienza con el sacrificio del animal. Las familias que se lo pueden permitir, crían y ceban un cerdo durante meses para este momento: “el puerco de fin de año”.  Ese día se da inicio al sacrificio del animal, al que limpian y le retiran las vísceras. Los hombres se hacen cargo del asado del puerco, mientras las mujeres laboriosas preparan el resto de la comida para la noche y fríen chicharrones para acompañar el ron que beberán todos desde la mañana del último día de diciembre hasta el comienzo del año nuevo, durante un festivo ambiente donde no faltarán tampoco la mesa de dominó, los vecinos que entran y salen explorando los preparativos, la música a todo volumen y los vejigos correteando por el patio en plena felicidad salvaje. Lo más importante de la tradición es compartir y divertirte, olvidar las penas y gozar, que mañana ya veremos.

La celebración de fin de año termina siendo, para todos nosotros, una mezcla de reencuentro con amigos, timba a todo meter, baile, deliciosa comida, juegos de mesa, gritos, bromas, tragos de ron o cerveza, yuca con mojo, congrí, tostones, turrones y la imprescindible carne de puerco. Desde el más modesto hogar en la isla hasta el más recóndito rincón del planeta donde se encuentre un cubano, el día de la víspera de un nuevo año estará abocado a los detalles que entraña esa querida velada.

Las celebraciones son momentos de recuerdo, de esperar esa llamada anhelada del hijo que partió y no puede estar en casa –pero que, a su vez, habrá encontrado fiesta donde recostarse, porque es difícil que un cubano se quede en casa encerrado e ignore una fecha tan señalada. El drama de nuestras separaciones está presente en este día donde todos bajamos defensas para disfrutar del placer de la compañía y echamos de menos a los que, por desgracia, no nos pueden acompañar.

Cuando llega el momento que marca el cierre del ciclo –esas 12 de la noche en que alzamos la copa y brindamos–, abrazamos a nuestros familiares, amigos y vecinos con el amor de la convivencia cercana que compartimos y celebramos porque estamos vivos. Al día siguiente comenzaremos, con mucha ilusión, un nuevo ciclo que vendrá renovado con fe y esperanza y que, sin lugar a dudas, será para todos un año mejor.

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